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Gracias por todas las muestras de apoyo.
La verdad, debo deciros que derrumbarme, derrumbarme, no me he derrumbado, aunque he pasado (y estoy pasando) por momentos ciertamente delicados.
Aún así, me reafirmo en que soy sumamente optimista. Únicamente, he establecido un orden de prioridades en el que de momento no figura el blog, espero que lo comprendáis.

Debo deciros que me muero de ganas de continuar con las historias que empecé. Sin embargo, ahora más que nunca estoy centrado en mi actividad profesional para intentar sacar trabajo de debajo de las piedras (o de donde sea!).

Es cierto que esbocé en mi mente algunos fragmentos de una nueva carta psicótica, pero temí que ésta fuera demasiado real y que me encerraran en una celda y tirasen la llave.
Así que una vez más reprimí mis instintos asesinos (de palabras) y volví a centrarme en el trabajo.

"Tal vez en esta ocasión, los demonios hayan venido en forma de números. Tal vez sean muchos y no auguren nada bueno. Sin embargo, no debemos olvidar que es en nuestra mente en donde se libran las mayores y más bravas batallas. Somos nosotros los que imponemos barreras, en nuestros delirios, los que permitimos o no que los demonios avancen y nos coman, o aún peor, que no nos coman y nos produzcan una profunda y eterna agonía.
Es pues, en esta revoltosa y ajetreada cabeza, en donde imagino el retroceso de los diablos rojos. Visualizo su talón de Aquiles para vencerlos y rehacerme, como el Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas. Tan sólo el tiempo nos separa de la estocada que nos proclamará vencedores. Y entonces será, por fin, cuando el demonio de la hipoteca, uno de los más temidos, deje de ser una seria amenaza."

Como veréis, no estoy para escribir demasiadas cosas serias. ;)



...ahorrando palabras...por eso de la crisis... ¿? XD

Sé que lo prometí, pero la verdad, no encuentro ni el tiempo ni la inspiración, ni nada de nada. En mi cabeza sólo hay números y son de color rojo, así que como no empiece a contaros mis penas...

Aún así, no os preocupéis, soy optimista por naturaleza. Es sólo cuestión de tiempo que me toquen la Bonoloto, la Primitiva, el Euromillón, la quiniela y los ciegos y así por fin podré pagar mis pequeñas deudas! jua!

De Suzzanne puedo contaros que está echando horas en un taller textil de Borneo. Pero se de buena tinta que no me ha olvidado ni lo hará nunca. :)

Yo estoy pensando en montar un quiosco de pipas en Madagascar, así si no hay turistas, al menos los loros tendrán comida de sobra. :)

Respecto al blog... Seguirá abierto y cualquier día me arranco de nuevo. Sólo falta que las cosas vuelvan un poquito a su cauce normal para que yo pueda distraerme lo suficiente de mis tareas diarias.

En fin, parece que últimamente ronda por aquí un demonio rojo de 30 metros de alto y disfrazado de banquero, que se hace llamar crisis. Si lo veis venir, salid corriendo.

Besos y una vez más gracias por estar ahí.



Si lo deseas, puedes leer la historia desde el principio, haciendo click aquí.

Solía pasar las largas horas de la noche sentada a los pies de la cama de su pequeña nieta. Temía el no poder verla crecer y hacerse una mujercita. En realidad, aquella pequeña había sido una de las grandes alegrías que se había llevado en muchos años. Sus hijas, en cierto modo vanidosas, se habían limitado a disfrutar de los privilegios de la clase y la casta que habían heredado. Su belleza, junto con su riqueza, habían atraído a sendos maridos, igualmente engreídos y acomodados. Atrás quedaron los tiempos de ternura y de cariño de su infancia, la inocencia de la juventud y la frescura de los sueños. Sin embargo, sintió de nuevo el fluir de la sangre por sus venas con la llegada de la pequeña Sophie. Su primera nieta.

No era la primera vez que se preguntaba si sería posible. De hecho, en un par de ocasiones había tratado de acariciar su suave rostro, pero al acercar la mano, el miedo podía más que el cariño. Se acercó pausadamente, como si temiera despertarla al hacer algún ruido. Se arrodilló frente a la muchacha, con las manos sobre el regazo y los ojos temblorosos. El camisón blanco y la trenza de pelo gris que adornaban su espalda, le daban un aspecto de niña, de niña mayor, muy mayor. Contuvo la respiración y alargó una mano dubitativa hacia la frente de la niña. Tan sólo con un ligero roce de su dedo índice, apartó un fino mechón de pelo de su rostro. Unas lágrimas afloraron de sus ojos mientras lo hacía y no se percató de que la pequeña había entreabierto los ojos. Para cuando se dio cuenta, Sophie tenía la mirada clavada en ella. El temor de asustar a la niña, sus propios miedos acerca de su condición y la sorpresa que para ella supuso el poder ser vista, estallaron en un grito de angustia cuando escuchó a la niña: -¿Abuela?

Salió de la habitación, despavorida por lo sucedido. Atravesó la puerta y se alejó renqueante por el pasillo, ahogando un grito y llevándose las manos a la cara. La pequeña repitió varias veces la misma pregunta, cada vez alzando un poco más el tono de su voz, haciendo rebotar aquella palabra en los fríos y austeros muros de piedra la casa. El sonido llegó a todos los que dormían en la mansión y al poco empezaron a encenderse las luces.

- Estarás contenta. -Le reprimió la abuela desde el otro lado del desván-.

La mirada de desaprobación de la mayor de las ancianas, le caía sobre los hombros como una pesada carga que no la dejaba levantarse. Aunque ésta continuó sermoneando y reprobando los hechos ocurridos, al poco de pararse a pensar, esbozó una amplia sonrisa y la chispa de sus ojos brilló como hacía mucho que no lo hacía.

- ¿No lo entiendes? ¡Me ha visto! ¡He rozado sus cabellos y se han movido!
- Pero… ¿Has pensado en las consecuencias de tus actos? ¡No lo vuelvas a hacer jamás!
- Pero yo…no quería…sólo…

En ese momento, su madre apareció cruzando a medias, la pared y la puerta. Llevaba el pelo recogido y vestía un traje de riguroso negro. Sus pies se elevaban del suelo algo más de un palmo, lo que la hacía parecer mucho más alta de que en realidad había sido.

- Haz caso a tu abuela. No debes hacerlo más. Si la niña empieza a decir que puede ver a su abuela, lo más probable es que la tomen por loca y no hagan más que llevarla a médicos hasta que enloquezca de veras.
- Pero…
- Obedece. Recuerda que nosotras llevamos mucho más tiempo que tú en esta situación y sabemos bien lo que te decimos.

Después de asentir, cerró los ojos y se quedó quieta, reflexiva, jugando con los bordados azules de su camisón. A pesar de las advertencias de su madre y su abuela, tan muertas como ella misma, empezaba a ser consciente de que su recientemente estrenada condición de fantasma de aquella vieja mansión, había dado un giro de ciento ochenta grados. Nuevos horizontes se abrían en su mente. La posibilidad de ejercer algún tipo de influencia sobre su pequeña nieta, le daba la esperanza de que, de algún modo, aún no estuviera muerta del todo.

Continuará...




Leer la historia desde el principio.
Leer el capítulo anterior.


Una vez puesta tierra de por medio, abandoné aquel viejo coche en un aparcamiento público. Sin duda, ahora debía extremar la prudencia, así que antes de salir del lugar, me cercioré de que la cámara de seguridad de la salida no me grabara. Para ello utilicé la manga derecha de mi camisa. La otra sirvió de vendaje improvisado en mi brazo, para detener la hemorragia de la herida.

Eran dos agujeros limpios. Uno por delante y otro por detrás del brazo. Apenas tendrían el tamaño de un garbanzo. La bala aún caliente, cauterizó ligeramente el tejido, así que la sangre no era abundante. Nunca antes había recibido un disparo y lo cierto es que no era tal y como lo imaginaba. Aunque sí es cierto que sentía dolor, lo que más me molestaba era el incesante escozor y la sensación de que el brazo se me despegaba del cuerpo. Era preciso buscar la manera de desinfectar aquel destrozo, de lo contrario, sabía que experimentaría un auténtico calvario.

A unas manzanas de allí, encontré un pequeño café y pregunte por los aseos. Allí me lavé la pegajosa sangre de las heridas y extraje los últimos cristales de la palma de mi mano. Parece mentira, lo que el agua es capaz de hacer por sí sola. Me sentí con muchas más fuerzas después de refrescarme la cara y la nuca. Aunque en ese momento sería capaz de matar –en sentido figurado- por una ducha caliente, tenía otros asuntos más urgentes que solucionar. En casa de Emily quedó mi documentación, mi pasaporte, mi dinero, mi teléfono móvil. Ahora no tenía nada. Sabía que la estación de la Plaza Rakyat estaría vigilada, así que era imposible ir a allí. Sólo me quedaba una solución posible: Llamar a mi amigo Nenad.

Aproveché el preciso instante en que el camarero del interior de la barra se hallaba de espaldas, para coger una pieza de fruta de un gran cesto de mimbre que había sobre el mostrador. Se trataba de una carámbola o “starfruit” que así es como se conoce en el lugar. Lejos de los dulces mangos o los apestosos durianes, se asemejaba a un pimiento verde se sabor agridulce. La mastiqué y tragué sin reparar demasiado en su sabor, más por ansiedad que por hambre. Debía encontrar un teléfono, así que seguí caminando por la calle sin rumbo definido.

Para mi fortuna, la ciudad se encontraba plagada de turistas desprevenidos durante aquella época del año. No fue difícil hacerme con un pequeño bolso que llevaba una mujer colgado del hombro. Para cuando se dió cuenta de su pérdida yo había cruzado ya el mercado y me disponía a salir. Sabía que la naturalidad y la decisión eran importantes en estos casos y hasta incluso yo mismo quedé sorprendido de lo fácil que había resultado. Me oculté entre unas grandes cajas en la parte trasera del mercado. Abrí el bolso en busca de mi botín: Unas gafas de sol para mujer. No me eran útiles. Dos tampones. Los guardé para usarlos a modo de algodón para limpiarme las heridas. Dos barras de labios. No me eran útiles. Un pequeño frasquito de perfume. He aquí el desinfectante perfecto para mi improvisado botiquín. Medio chicle cuidadosamente envuelto en su papel. Por fin pude deshacerme del sabor de aquella maldita fruta. Un sencillo mapa de la ciudad que probablemente le facilitaran en su hotel. Lo volví a plegar y lo guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Llegábamos a la parte interesante: Un monedero de piel. Lo abrí buscando dinero. Sólo cayó algo de calderilla. Suficiente para hacer una breve llamada internacional. Deseché también el quedarme con el pasaporte y las tarjetas de crédito. Para el primero no disponía ni de tiempo ni de medios para tratar de falsificarlo y tampoco me pareció prudente utilizar las visas de aquella pobre mujer. Reintroduje de nuevo en el bolso todo lo que no me servía y lo abandoné entre las cajas.

Lejos de sentir remordimientos o lástima alguna por la mujer a la que sustraje aquellos enseres, me sentía como un chiquillo tras hacer una trastada. Temía que me descubrieran, pero el subidón de adrenalina fue de lo mejorcito del día.

Continuará…


Leer el siguiente capítulo.


Si quieres leer la historia desde el principio, haz click en el siguiente enlace:

- Zohn, el heredero de La Tierra (1ª Parte).
- Zohn, el heredero de La Tierra (2ª Parte).

Hace algo más de dos siglos, se produjo un fenómeno que aterró a todo ser viviente en nuestro planeta. Siempre se había creído, que el hombre sería el responsable del deterioro que pondría fin a la supervivencia. Sin embargo, nadie se había parado a pensar que nuestra raza habitaba en un planeta envenenado y desahuciado desde hacía miles de años. Algunos de los minerales explotados en muchas ocasiones para su utilización como combustibles, tenían conocidos efectos radioactivos que aunque trataron de controlarse durante su industrialización, poseían un aletargado poder devastador que aguardaba al capricho de La Tierra para fustigar a sus habitantes. Se dice en los libros de historia, que un gran temblor sacudió toda la corteza terrestre durante más de una semana. Eso no fue más que un pequeño anticipo de lo que estaba sucediendo unos cuantos cientos de kilómetros bajo nuestros pies. Sin una explicación, hasta día de hoy, demasiado concluyente, se sabe que una gran reacción termonuclear provocó que el magma terrestre multiplicar su volumen por diez, lo que hizo que todos los volcanes conocidos, y otros muchos nuevos que aparecieron, vomitaran simultáneamente lava incandescente al exterior. Sin embargo, lo peor fue que entre los minerales fundidos que formaban esa enorme riada anaranjada, se encontraban grandes cantidades de plutonio, uranio y otras sustancias altamente contaminantes. Más allá del impacto volcánico que destruyo la mayoría de las ciudades e infraestructuras, el cielo se mantuvo cubierto de espesas nubes de polvo, humo y cenizas, durante varias semanas, con todos los efectos que ello conlleva. Un manto de radioactividad envenenó campos, animales y personas. Tan sólo una parte de la población pereció durante esos días. El resto, quedó condenada a las penurias y la hambruna hasta el fin de los días.

La lucha por alcanzar planetas habitables había resultado infructuosa pese a la esperanza depositada en ella. Se exploraron decenas de planetas, algunos ciertamente lejanos, pero los resultados no fueron más que un espejismo que se desvaneció ante nuestros ojos. Sólo nos quedó resignarnos a un final infeliz, doloroso y apático. Nos dispusimos pues, a consumir poco a poco los recursos que nos quedaban, sabiendo que algún día se acabarían y con ellos nuestras vidas. Sin embargo, como humanos que somos, hemos conseguido adaptarnos en cierto modo. La espera ha resultado más larga de lo planeado y varias generaciones, una tras otra, han sobrevivido llevando a la espalda la pesada losa que algún día cubrirá nuestra tumba.

Sin duda alguna, parándonos un instante a reflexionar, podíamos ser testigos del más básico de nuestros instintos: la supervivencia. La recién formada y radioactiva corteza terrestre, vulgarmente conocida como la cáscara, transformó por completo los sistemas montañosos, los mares, los ríos y la meteorología. Todo ello obligó a idear nuevos vehículos, a elaborar nuevos mapas, a concebir nuevas industrias, a proveernos de nuevos alimentos y a inventar nuevas ciudades. Quizás, ésta era para mi una de las cuestiones que más me atraían de aquel cambio. Antiguamente, los arquitectos y topógrafos, estudiaban la orografía del terreno para ubicar sus construcciones. Sin embargo, ahora eran los geólogos y los físicos los que determinaban su ubicación. Las altas concentraciones de residuos atómicos se filtraban en inacabables columnas verticales hacia el centro del planeta y liberando a la atmósfera su carga venenosa que se diluía en los fuertes vientos que una vegetación casi inexistente apenas lograban frenar. Eso limitaba enormemente la capacidad de expansión de las ya de por si grandes urbes. Un detalle espectacular se podía contemplar en las grandes fallas recientemente formadas, las cuales habían sido aprovechadas creando un nuevo sistema de construcción horizontal sobre superficies verticales. La gravedad se había convertido para los arquitectos e ingenieros en un fino equilibrio entre la supervivencia y el desastre. Desaparecieron ideas como la creatividad o el lujo y fue la funcionalidad de los pequeños refugios familiares la que determinó la sobriedad de las construcciones.

Era precisamente en una de esas tristes, grises e insignificantes viviendas, en donde Zohn se había criado junto a sus padres y a su hermana. Los primeros habían fallecido hacía ya muchos años. Él apenas alcanzaba a recordar el dulce timbre de voz que poseía su madre, o las fuertes y castigadas manos de su padre. Su hermana Ithila, unos años mayor que él, salió un día de casa para no regresar jamás. Pasó largas semanas tratando de encontrarla, llorando su ausencia, temiendo lo peor y finalmente resignándose a que hubiera corrido una suerte funesta, pero más que probable. No supo más de ella.

Continuación en:
- Zohn, el heredero de La Tierra (4ª Parte).




Leer la historia desde el principio.
Leer el capítulo anterior.


La ternura que en mí despertaron las brillantes lágrimas de Emily, se desvaneció en el mismo instante en que ella alzó su brazo izquierdo, sosteniendo en su mano una pistola plateada con la que me apuntó al pecho. Mantenía el auricular del teléfono pegado a su oreja. Una mirada mezcla de horror, ira y angustia y gotitas de sudor que aparecieron en su frente, revelaban que el disparo era inminente.

Toda la vida en una fracción de segundo. Un giro imposible del destino en un único instante. Parecieron minutos, quizás horas, aunque en realidad, aquello no duró mucho más que un suspiro. Me eché hacia atrás precipitando mi cuerpo contra el suelo. Al mismo tiempo, con un pié empuje la mesa contra la delicada cintura de mi verdugo. Ella gritó de dolor antes de caer de espaldas contra la pared. Antes de que pudiera darse cuenta de mi movimiento. Antes de apretar el gatillo.

Aunque muchas veces antes había escuchado disparos, nunca lo había hecho desde el, digámosle, lado equivocado del arma. Sonó como un estallido sordo, breve y apagado. Tras él quedo un zumbido en mi cabeza, un pitido agudo en mis oídos y un escozor incómodo y doloroso en mi hombro izquierdo. Después de eso, un silencio absoluto, tan sólo roto por el leve tintineo de las cuentas de la lámpara del salón, levemente mecida por la brisa.

Mi vaso había caído boca abajo, explotando al tocar el suelo, y dispersando cientos de pequeños trozos de vidrio. Algunos de ellos se incrustaron en la palma de mi mano cuando apoyé ésta en el suelo. El viejo sabor a roble del whisky añejo que contenía, se perdió junto con mi cordura. Oí a Emily arrastrar los pies tras la mesa volcada. Sin pensarlo demasiado, salte sobre ella para impedir que efectuara un nuevo disparo. Durante el forcejeo, de nuevo dos tiros resonaron en el ambiente. Temí que me hubieran atravesado hasta el alma. También temí por la vida de Emily, sobre todo cuando ví que ya no se movía. Temí lo peor. Creí que había muerto, pero no encontré ninguna herida ni rastro de sangre visibles. Palpé con dos dedos la yugular en su cuello. Seguía teniendo pulso. Le arrebaté el arma, y me apresuré a salir de aquella casa antes de que ella recuperara el conocimiento. Debía ponerme a salvo antes de intentar comprender todo aquello. Aún así, las dudas ya empezaban a asaltar mi mente. ¿Por qué? ¿Cómo era posible, que la mujer que hacía sólo un rato me entregaba sus labios, hubiera intentado matarme? ¿Quién se hallaba al otro lado del teléfono para poseer tal control sobre Emily?

Abandoné la casa con prisas. No reparé en las chicas del servicio, que aterrorizadas y sollozando se habían tirado al suelo y se cubrían la cabeza con las manos. Crucé el jardín con grandes zancadas y salté el muro en dirección a la calle. Un viejo coche se acercaba en dirección a la ciudad, así que me paré en medio de la calle para barrarle el paso. Saqué por la ventanilla a aquel pobre hombre asustado. Una vez en el suelo, le apunté a la cabeza con el arma que le había quitado a Emily. Bastó con eso. No fue preciso nada más. Subí al coche y arranqué con toda la velocidad que el viejo motor me permitió. Por el retrovisor vi como Emily salía por la gran puerta metálica del jardín empuñando de nuevo una pistola. Agaché la cabeza poco antes de que una bala alcanzara la luna trasera y la hiciera añicos. Tras doblar la esquina, me sentí un poco más a salvo, aunque ahora debía encontrar un lugar seguro en donde curar mis heridas.

Ahora trataría de ponerme en contacto con la organización para informarles de la situación. Como desconocía la procedencia de la pistola de Emily, creí que no sería nada interesante quedarme con ella. La lancé por la ventanilla cuando cruzaba por un pequeño puente. Además, yo seguía teniendo la mía. Mi pequeña y fiel amiga.

Continuará…

Leer el siguiente capítulo.


Que alegría me he llevado, después de mi periplo vacacional, al comprobar que el blog ha superado ya las 5000 visitas!


¡Un millón de gracias a todos los que os pasáis por aquí y echáis un ratillo para leer estas cosillas!

Entre las curiosidades, están la gran cantidad de países desde la que provienen las visitas: España, Portugal, Francia, Italia, Austria, Alemania, Reino Unido, Holanda, China, Japón, USA, Canada, Mexico, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Arabia Saudí, Malasia, Tailandia, Nueva Zelanda y Mozambique.

(Creo que no me he dejado ninguno).

Además, también quiero agradecer que prácticamente el 50% de las visitas repiten y vuelven a visitar este blog.

Bueno, y lejos de querer aburriros con estos datos, cierro esta entrada para continuar con alguna de las historias que están en marcha.

Gracias a todos. Espero que sigáis leyendo este blog y dejando vuestros comentarios.


Si quieres leer la historia desde el principio, haz click en el siguiente enlace:
- Zohn, el heredero de La Tierra (1ª Parte).


Pero, volviendo a nuestro curioso personaje y al deporte por el cual había jurado dar su vida, deberíamos puntualizar que en sí, era una variante de un viejo deporte en el que en las últimas décadas se habían introducido sustanciales reformas. Probablemente, alguno de ustedes haya leído en antiguos libros, algo al respecto:

En una superficie de unos sesenta y cinco por cuarenta metros, una decena de jugadores de cada bando, vestidos con cascos, corazas y unas pesadas botas de acero, debían introducir una peculiar bola de piedra espumada, en unos orificios de medio metro practicados en la dura pared rocosa. Cada conjunto, debía marcar en el agujero protegido por el equipo contrario, lanzando con los pies o con las manos el poroso balón, que a cada golpe, se iba rompiendo y despedazando haciendo saltar chispas y esquirlas por toda la cancha. A diferencia de otras modalidades anteriores, aquí valía todo. Es más, de hecho, el público jaleaba cuando se conseguía herir o lesionar a un rival y enloquecía hasta el extremo cuando se acababa con la vida de un luchador, lo cual además, contaba como un tanto en el marcador. Las cuchillas en los antebrazos, puños de acero con prominentes astillas de meteoro para atravesar a los rivales, cascos metálicos coronados con puntas de lanza para los impactos frontales, en los que los luchadores, lejos de apartarse, embestían con su cabeza al contrincante. Todo aquello se había convertido en el único motivo de alegría de una famélica y enfermiza población que al acabar, esperaba su turno para recoger algún pedazo de carne fresca que poder llevar a casa para la cena. Y es que además, esa era probablemente la carne más sana y abundante que pudieran encontrar.

Hacía ya años que la antropofagia había huido de tabúes. La necesidad impera ante el pudor o la conciencia y aunque valga decir que sólo se practica en contadas ocasiones, ahora ya son más bien pocas, las personas que jamás han gozado de las nutritivas carnes de un igual. Quizás, querido amigo, según vaya usted avanzando en la lectura de esta historia, logre alcanzar a comprender las circunstancias que desplazaron a la moralidad para dar cabida a una anarquía de sentimientos dentro de la propia raza humana. Probablemente, no sea ésta la primera sorpresa que se lleve. Quizás deba reflexionar acerca de las doctrinas ancestrales que le han sido transmitidas desde niño. De cualquier forma, no deseo estar cerca para comprobar si su juicio se doblega ante las penurias de la hambruna, no sea que decida probar nuevas dietas y yo vaya a formar parte de ellas.

Retomando el hilo, seguro que han notado que todavía existe cierta similitud entre el Ironwall y algunos deportes antiguos. Las raíces probablemente sean las mismas, los objetivos similares, los desenlaces comunes, pero nada anteriormente había conseguido extrapolar la crueldad del hombre, para hacer partícipes a las masas de tan sanguinario espectáculo. Sin embargo, las innovaciones de la última mitad de este siglo, dotaron de una singular perspectiva sobre la evolución del hombre y su mundo al combinar las prácticas de las civilizaciones antiguas, la épica de los torneos medievales, el movimiento de masas de la era moderna y la fortaleza y crueldad de la Era Futura.

Los tiempos actuales. La Era Futura. Ese es el nombre que se le dio a los tiempos corrientes, ya que debido a las penurias por las que pasaba gran parte de la población por culpa de la escasez de alimentos en La Tierra, se sospechaba que éstos pudieran ser los últimos años que conociera el hombre. De ahí que como seguramente no habría más futuro que el inmediato, decidieron dar ese nombre al periodo acaecido desde La Erupción hasta la actualidad. Atrás quedaron sueños, proyectos y esperanzas. Una decadencia insolente burla de forma incesante a aquellos que vaticinaron glorias y conquistas más allá del manto azabache que cubre a nuestro planeta.

Pero quizás sea prudente por mi parte, ponerles sobre antecedentes antes de proseguir con la historia de Zohn:

Continuación en:
- Zohn, el heredero de La Tierra (3ª Parte).

Mil Mundos de Fantasía.
Blog del día 16 de Agosto de 2008.

Dos nuevos premios para mi colección. Ambos los recibo por primera vez, lo cual me llena de ilusión, alegría y...¿premios? Empiezan a ser ya unos cuantos y eso me da que pensar. Ciertamente, he reflexionado durante unos dos fugaces pero intensos segundos. Será que esta gente en realidad no tiene ninguna de necesidad de hacerme la pelota, entonces, si me los conceden es por que creen que el blog lo merece. Además, no tienen ni idea de que soy inmensamente rico, así que por dinero tampoco creo que sea. Al final va a resultar que poco a poco me voy convenciendo en que esto de aporrear el teclado por las noches da sus frutos. Aún así, una cosa es cierta, todo esto no sería posible sin vuestras visitas y lecturas que son las que hacen que esta pequeña locura tenga sentido.
Gracias a todos y felicidades ya que este premio también es vuestro en parte. (Sólo en parte ¡¡¿ehhh?!!).

¡Bueno y vamos al lío!
Uno de los más significativos de toda la blogosfera (al menos para mí), y por el cual me siento especialmente orgulloso: Premio Blog del día. La entrevista realizada será publicada en dicha página el día 16 de Agosto de 2008. Yo expongo ya mi premio con toda la alegría y emoción que eso conlleva.

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Otro premio y no menos importante, es el que me concede Achernar desde su blog AstroSideral.



Se trata de nada más y nada menos que la esfera al intelecto y la filosofía 2008. También tiene para mi un relevancia especial, ya que proviene de un lugar que hasta ahora era desconocido para mí, y me lo concede alguien a quien no tenía el honor de conocer, lo cual me lleva a entender que fuera de mi círculo de amistades habitual en la blogosfera, hay más gente que valora mi esfuerzo, mi imaginación, y mis ganas de escribir.

¡Gracias a todos por leer, por pasaros por aqui, por comentar y sobre todo, por premiar que eso levanta mucho el ánimo!

Y...antes de que se me olvide...

Al aceptar el premio hay que seguir ciertas reglas:
Normas:


Poner la imagen en el blog premiado.

Enlazarlo con el blog/web de la persona que te lo dio.

Elegir otros siete blogs/webs. (o los que quieran)

Dejar un comentario en cada uno de ellos informando sobre el premio que se les ha concedido
Los Blogs que premio son:

Al fondo del olvido: nada.

Zapping Mental del candirú Loco

Mundos Paralelos

Azules

Inconformista en Apuros


Y como me he cansado de pensar a quién más se lo otorgo, lo dejó así por el momento.


Felicidades a los premiados y espero que los "colguéis" en algún sitio que se vea.



Zohntenniaght, aunque todo el que le conocía le llamaba simplemente Zohn, era un chico alegre, de avispada mirada pícara y nariz respingona. Aunque por estatura, podríamos decir que para su edad no destacaba, sí era cierto que una ancha espalda y un caminar con las piernas ligeramente arqueadas, lo hacían inconfundible para cualquiera que lo conociese. Empezó con un exhaustivo programa de entrenamiento desde que empezó a tener uso de razón, lo cual le había llevado desarrollar una potente condición física. No prestaba atención a las chicas de su edad, aunque ellas se fijaban a menudo en él. Unos cristalinos ojos azules hacían sonrojar a las chicas e intimidaban a muchos de los chicos de su edad. Pero él no era dado ni a inmiscuirse en problemas ajenos, ni a crearse los suyos propios, así que el interés que despertaba era temporal y a largo plazo podríamos decir que pasaba casi inadvertido.

Como cada semana, había acudido a desempeñar su labor, por así decirlo, junto al equipo local de Ironwall. Aunque él era aun joven como para ser parte del equipo, se encargaba de engrasar las botas, bruñir las armaduras y reparar los cascos (cuando se podía). Era la única forma que encontró para poder estar cerca del terreno de juego y no perderse detalle. De hecho, en la soledad de sus sueños, ansiaba convertirse en un auténtico guerrero del deporte local por excelencia, con la fuerza de un gigante y la decisión de una bestia. A menudo imaginaba que se enfundaba una coraza brillante hasta el extremo, con toda clase de púas y ganchos sobresaliendo en sus hombros, codos y espalda. Se veía calzando aquellas pesadas botas de acero, revestidas con malla de hilo de titanio y rematadas con púas y cuchillas capaces de atravesar las más resistentes de las corazas. En más de una ocasión, había visto luchadores con miembros amputados, o con graves heridas que o bien los dejaban impedidos, o bien acababan con sus vidas. En realidad, al ser el encargado del equipamiento, debía recuperar cada una de las costosas y significativas piezas, aunque para ello hubiera de quitárselas él mismo a los luchadores caídos. Estaba ya acostumbrado al hedor de la sangre caliente empapando sus manos. Había limpiado piel, carne, tripas y hasta ojos que se quedaban adheridos al frío metal punzante que cubría los increíblemente fuertes cuerpos de los jugadores. Así pues, la costumbre le había llevado a trivializar sobre el significado de la vida. Sólo había para él un futuro posible y ese era el de convertirse en un valeroso guerrero. Si no era eso, no quería nada más, así que la vida tenía poco valor. Si por el contrario, se convertía en luchador, no concebía muerte más gloriosa que la producida durante la contienda en el terreno de juego.

Aunque ciertamente, pueda parecernos extremadamente cruel, en realidad no se trataba más que del fruto de muchos años de involución – a mi parecer- de la raza humana. Lejos quedaron los años en los que nos preocupábamos los unos por los otros. Los tiempos de solidaridad y de lo que antaño se denominó conciencia social, dieron paso a una degeneración paulatina en la que la faz de la tierra se cubría constantemente por la sangre derramada, fuera de forma justificada o no. La sed de sangre de los hombres y las mujeres volvió a los orígenes de la raza. Tal vez la superpoblación ayudara. Tal vez simplemente regresábamos hacia atrás, pero la cuestión era que cuando alguien ya no servía para los propósitos de la mayoría, simplemente era exterminado. Pero lo peor no era que lo hicieran así, lo peor es que ya lo veían como algo normal.

Continuación en:
- Zohn, el heredero de La Tierra (2ª Parte).



Darken, del blog Cuentos de Adarkan, me ha concedido este maravilloso premio al Esfuerzo Personal.

Sin duda me viene como anillo al dedo para inyectarme una buena dosis de optimismo, ganas de trabajar y entusiasmo por crecer como escritor y como persona.


Este premio se otorga principalmente a blogs sin ánimo de lucro que contribuyen activamente al fenómeno de la comunicación a través de la blogosfera.

1. El premiado ha de premiar al menos a cinco blogs con dichas características.
2. Mencionar el blog que otorga al premio.
3. Enlazar el origen del galardón.
4. Exhibir la imagen del premio.

El origen de este premio lo encontraréis en el siguiente enlace: Resistencia Santiago de León de Caracas

Yo por mi parte, quiero premiar a:
- Inconformista en Apuros (Santi)
- Historias de la Jirafa (Ferípula Ferruginosa Wendy)
- Nada que ponerme (Nada)
- Almagriss (Almagriss)
- Tierras de Tormenta (Tormenta)

¡Saludos!



Hola de nuevo queridos amigos.
En esta ocasión y como novedad, deseo presentaros un blog que creo que tendrá mucho que decir y espero visitéis con asiduidad.

Su nombre: Inconformista en Apuros.

Como inconformista, al frente de este blog, os presento a mi hermano Santi, del cuál he aprendido mucho y muy importante durante largos años. Él ha sido y sigue siendo un punto de referencia en el horizonte que en gran medida guía mi camino. A él le debo entre otras cosas, mi afición a la literatura y en especial a la ciencia-ficción. Un pilar indiscutible de mi vida, al que admiro y adoro aunque a veces no encuentre el modo de decírselo. Valgan pues, estas líneas, si cabe, para expresarle mi más incondicional apoyo en todo y para todo lo que acontezca en su presente y su futuro.

Bueno, y después de desnudar mi alma...(No os acostumbréis), una reflexión:

No obviemos lo obvio. Es mejor asentir con ignorancia todo lo que no sabemos explicar.

Cada cual que le busque su propio sentido.

Estimado Dr. Tempelton:

Me agrada saber que se encuentra ya mucho mejor. Aguardo con impaciencia su pronta y total recuperación y cuento con ansia los días que faltan para repetir nuestras pequeñas charlas. No puedo negarme a admitir que de un modo u otro, a mi me resultaban tan placenteras como espero que le resultasen a usted también.

Sin embargo, debo confesarle que la noticia de su intento de, digámosle, poner fin a su existencia, no me cogió para nada por sorpresa. No fue fácil adentrarme en sus ideas y convicciones, tan profundamente arraigadas, de esas restricciones totalitaristas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Aunque en realidad, creo que sería vanidoso por mi parte el atribuirme todos los méritos. Yo no hice más que alimentar sus más instintivos temores, escondidos tras un escritorio de caoba y un título de psiquiatría.

Fueron aquellas charlas, en las que usted ahondaba en mi obsesión con el paso del tiempo, con la duración de la vida, y otras absurdas ideas que me permití revelarle, con cuentagotas, para mantenerme distraído con su compañía. De hecho, el paso del tiempo, realmente no me importa lo más mínimo. Debería saber ya, que dispongo de él en grandes cantidades y aunque no pretendo pasar en este hospital lo que me queda de vida, tan poco tengo prisa por salir.


Aunque indudablemente, me he guardado el privilegio y el poder de manejar su vida a mi antojo con sólo susurrarle unas palabras al oído, he encontrado un nuevo divertimento a costa del personal de la planta de psiquiatría. Lo de inducir al suicido ya está muy visto, usted lo sabrá mejor que nadie, así que me he decantado, en esta ocasión, por adiestrar, desde el subconsciente, a algunos de sus subordinados. Así, si le parece, tendremos algo sobre lo que charlar cuando se reincorpore y yo, mientras tanto, me recrearé viendo crecer su desconfianza hacia los suyos hasta un grado extremo.


Tal vez algún día consiga desmenuzar los entresijos de mi perturbada imaginación, O quizás, sin darse cuenta, despierte un día en una celda, con suerte contigua a la mía, habiéndose convertido en un huésped más de esta santa institución mental.

A diferencia de los aburridos compañeros de terapia, la mayoría de los cuales son incapaces de atarse los zapatos por sí solos, debo decirle que en mi caso, la locura no es más que un mero capricho de mi cordura. Aunque usted se empeñe en mantener lo contrario.

Sea como sea, el futuro de ambos es realmente incierto y pende de una cuerda al igual que lo hacía su cuello hace apenas unas semanas. Siento haber avisado a la enfermera y de ese modo, frustrar sus intenciones, pero lo encontré de lo más tentador. Quizás la próxima vez, por que habrá próxima vez, se decante por una botella de bourbon en la bañera, acompañada de una afilada cuchilla sesgando sus muñecas. ¿Se lo ha planteado?

Reciba un afectuoso abrazo de su amigo.



Leer la historia desde el principio.
Leer el capítulo anterior.

Siento en el alma haberos tenido tan sumamente abandonados estos días. Aunque cualquier excusa rozaría la banalidad y probablemente no pueda sustituir el tiempo perdido, me obligo a daros algún tipo de explicación para que comprendáis mi insolente silencio.

Cuando llegué a aquella finca ajardinada, creía ser un tipo con las ideas claras y fortaleza de carácter y de espíritu. Sin embargo, mi persona resultó ser un mero castillo de naipes que se derrumbó ante la visión del cuerpo desnudo de Emily saliendo de la piscina. La locura perturbo mi mente, la pasión cegó el subconsciente que hasta entonces me había mantenido vivo y la lujuria determinó, por mí, que era un buen momento para tomarme unas vacaciones.

Probablemente, la inmensa mayoría de los hombres –y yo mismo en otras circunstancias-, hubiera apartado la vista por pudor o por educación, o tal vez por simple y llana vergüenza. Sin embargo, a aquella deidad asiática le cogió por sorpresa que sin mediar palabra, me quitará la ropa, entrara en la piscina y le hiciera el amor como si de aquello dependiera la existencia del universo. La calidez del agua templada acariciando todos los rincones de nuestra piel, la tenue luz de las velas aromáticas, cuidadosamente colocadas, alrededor de la piscina, en platos de cristal de bohemia adornados con pétalos de rosa, una brisa de melodía oriental y el sabor de la tranquilidad rezumando en nuestros paladares, hizo que nos entregáramos al momento, a la pausa eterna de un cielo inundado de estrellas, que cómplices de nuestro encuentro, nos observaban impasibles desde su atalaya infinita.

Más allá de nuestra entrega acuática, prolongamos la pasión durante varias semanas. Las ruborizadas risitas de las chicas del servicio fueron poco más de lo que nos distrajo de nuestro idilio. Entre paseos y baños, entre sonrisas e historias, nuestro amor se repetía por todos los recodos del jardín, de la casa y de la recogida playa privada que abría las puertas de un mar azul zafiro que parecía no tener fin. Disfrutamos de inolvidables veladas, de interesantes e inteligentes conversaciones, abrimos nuestros corazones y desnudamos nuestras almas –además de nuestros cuerpos-. Acompañamos el tiempo con suculentos y exquisitos manjares, con dulces frutas de la tierra que saboreábamos junto con cada susurro, con cada confesión libidinosa y que nos hacía sentir dioses de un paraíso apartado del resto del mundo.

Ambos sabíamos de la fugacidad que aquel romance podía encerrar. Aún así, apartamos ese pensamiento y simplemente dejamos transcurrir, con total desinhibición, un tiempo que parecía haberse detenido para nosotros. No tuvimos que preocuparnos por la misión que nos había unido a ambos, ya que la documentación que le entregué a Emily, al igual que la que me dio ella a mí, estaban siendo estudiadas por nuestras respectivas organizaciones. Sólo teníamos que esperar. Esperar a no despertar nunca de aquella realidad de ensueño, envuelta en sábanas de raso e insuflada por la pasión a la que nos entregábamos mutuamente.

Pero el teléfono sonó y los naipes cayeron desparramados sobre el tapete cuando de aquellos negros y profundos ojos rasgados brotaron unas tímidas lágrimas que brillaban como lo harían las perlas de una sirena.


Continuará…

Leer el siguiente capítulo.


Para honor de este blog y del que en él escribe -un servidor-, mi amiga Clementine, desde el blog El Diario de Clementine, me invita a darle continuidad a esta interesante historia participada por gran número de bloggers.

Para hallarle sentido, es primordial que la leáis por completo -no os llevará mucho rato-. Podéis hallar la historia completa, en el blog Crónica de una unión anunciada, del cual es originaria gracias a la impetuosa creatividad de nuestras queridas Rosita y Pitufina.

Capítulos 1 a 17. Historia Continuada.

Capítulo 18. La Estirpe de Zarathustra.
Capítulo 19. El diario de Clementine.

NOTA: Si eres una mujer embarazada, te aconsejo que no leas esta parte de la historia.

- Capítulo 20 (XX para los nostálgicos). Mil Mundos de Fantasía.

Unas franjas de puntos barrieron diversas veces la pantalla de arriba a abajo, mientras un intenso olor a plástico quemado acompañaba la blanquecina y leve humareda que emanaba de la parte trasera del monitor. Ahora podía verlo más claro, pero… ¡No podía ser!

Un agudo chirrido, incesante y penetrante, de esos que van más allá de los tímpanos para atravesar los pensamientos, se alzó en la sala haciendo inaudible cualquier otro sonido. Los rostros de las tres cabezas asomaron de uno en uno desde la nebulosa de la ecografía. Uno de ellos se matizó y aproximó para tornarse más visible. Guardaba un sorprendente parecido con Jimmy. Incluso podía apreciarse el hoyuelo de su barbilla, que resaltaba con una burlona sonrisa mientras clavaba sus ojos en el fondo de la mirada de Laura.


Se erizó todo el bello de su cuerpo con tan hipnotizante revelación al mismo tiempo que el rostro se desvanecía en la negrura del fondo de la imagen. Aquel ruido infernal que lo anulaba todo y que por algún extraño motivo no daba más opción que seguir mirando el monitor, cambió el tono y aumento en su volumen para hacerse aun más insoportable.

Dos nuevas franjas de puntitos blancos emborronaron durante unos segundos la pantalla. De nuevo, un rostro aparecía con claridad. Esta vez, el niño era –por que era un niño- el vivo retrato, pero con matices ciertamente macabros, de un fugaz pero no por eso menos insolente Carlos. Su mandíbula rectilínea, una frente despejada y unos ojos profundos le otorgaban una terrorífica serenidad. Éste no sonreía, pero probablemente, su seriedad inquietó aun más a Laura, que las burlescas comisuras de los labios del primer rostro.

Sus brazos flaqueaban por culpa de los temblores y apenas tenía ya fuerzas para mantenerse incorporada en la camilla. La mano derecha resbaló desde el filo de las sábanas, y su codo soportó la carga de su espalda que se quebraba de dolor.

La imagen se apagó en un círculo convergente hacia el centro, como si se hubiera producido un corte en el suministro eléctrico. Pasados dos eternos segundos, apareció de nuevo, pero en lugar de quedarse fija, bailoteó de arriba a abajo, se dividió por la mitad, se volvió a unir, se emborronó una y otra vez con los malditos puntos blancos, para de repente mostrar un rostro caótico, con los ojos girando en círculos por encima de una diminuta nariz. Bultos de diversos tamaños se desplazaban sobre la parte superior del cráneo, emergiendo y ocultándose sin orden ni ritmo aparentes. Una boca desproporcionada con los labios de una mujer anciana, gesticulaban, mientras dos orejas asimétricas se cruzaban en la frente para intercambiar sus posiciones.

El doctor yacía inerte en el suelo con la bata teñida de la roja sangre que brotaba de su nariz. Tenía la boca abierta y la parte superior de su dentadura postiza había salido proyectada hacia la puerta antes de caer al suelo partida en tres trozos.

El angustiado rostro de Laura reflejaba el más inverosímil de los horrores. Sus ojos que apuntaban al infinito, se cerraron en el mismo momento en el que de repente se ahogó el estridente ruido ensordecedor. Su cuerpo se desplomó sobre la camilla al desmayarse y el rebote de su espalda en la incómoda tapicería de polipiel, la lanzó hacia la abismal caída libre que tenía como final el frío suelo de la consulta.

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Y después de completar el desafío -espero que con éxito- le paso el marrón el regalito a Kassiopea.

Saludos.


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Las lejanas sirenas de la policía, hicieron más grande, si cabía, el nudo que sentía en la boca del estómago. Tres cadáveres en mi camino, no eran un buen aval ante las autoridades locales, así que creí oportuno poner pies en polvorosa y abandonar el lugar. Obviamente y por algún motivo, hasta el momento, ajeno a mi comprensión, me había involucrado sin saber cómo en una trama de muerte, espionaje, intereses y por tanto, dinero. No entendía de que se trataba, ni siquiera sabía quién era el artífice de tan macabro espectáculo. Pero de algo ya estaba completamente seguro. Mi vida corría peligro.

Albergaba la esperanza de esclarecer el asunto y despejar algunas dudas en mi encuentro con Emily. Al bajar del avión me dio una dirección y me dijo el momento exacto en el que tenía que acudir a ella. De hecho, me indicó que debía estar allí a la hora precisa.
Ni un minuto antes, ni un minuto después. –Aun a pesar de llevar ya varios meses en Malasia, no terminaba de acostumbrarme a ciertas manías de sus gentes, como era por ejemplo, la cuestión de la puntualidad-.

-¡Psssst! ¡Psssst!

Volví mi mirada hacia la portezuela que conducía a la trastienda. De ella, asomaba temerosa la cabeza del anciano, que al verme esbozó una amigable sonrisa y me indicó con la mano que le siguiera. No tenía muchas opciones. Por un lado, las sirenas de la policía sonaban cada vez más cercanas. Por otro, desconocía si el francotirador aguardaba paciente a que yo me dignara a salir de nuevo a la calle para dispararme a mí también. Sin soltar el arma, me aventuré en el oscuro almacén trasero. El hombre, con sumisas reverencias, me señaló una gran caja de madera, para a continuación, volverse hacia una destartalada furgoneta. Sin duda, me estaba proponiendo una vía de escape. Sin embargo, el hecho de dejarme encerrar no terminaba de convencerme. En un arrojo de decisión, el hombre que ya había cargado la caja en la parte trasera del vehículo, estiró de la manga de mi camisa para conducirme al interior del cajón. Frené mi entrada colocando las manos en el borde de madera y dirigiendo una amenazadora mirada a mi improvisado cómplice. Sin embargo, éste sonrió y me empujó amablemente hacia el interior. Me encerró colocando una gran tabla de madera y tapó todo con una lona. El hombre arrancó el depauperado motor de la camioneta, que pedía a gritos la jubilación, o cuanto menos, un buen puñado de ajustes y retoques. Circulamos durante un rato por las calles de la zona portuaria. El olor del salitre y pescado se filtraba por debajo de la lona y algunos rayos de luz rebotaban en el suelo metálico. Nos cruzamos con los coches de policía que se dirigían hacia el callejón y mi única opción era esperar a que parásemos en algún lugar. Al cabo de un rato, la furgoneta se detuvo y el motor se paró. Al fin, podría abandonar el asfixiante calor del bambú y acudir a mi cita con Emily. El anciano me liberó de mi breve encierro y me sonrió.

¡No podía creerlo! Me había llevado a una localidad en las afueras de la ciudad. Ahora debería darme auténtica prisa si quería llegar a tiempo. Empecé a sudar, en parte por lo inoportuno del emplazamiento, en parte por que el sol empezaba ya a clavar sus dardos en mi piel.

Aquel hombre no dejaba de sonreír, lo que estaba empezando a resultarme notoriamente irritante. Sin embargo todo cambió en un instante. Mi irritación se trastornó en ansiedad al oír de nuevo sus palabras:

- Emily, señor. Por aquí. –Y el anciano caminó con garbo hacia una casa de madera que se encontraba junto a la playa a unos doscientos metros del camino-.
- ¡Espere! ¿Quién es usted? ¿Qué sabe de Emily? –Le pregunté mientras le alcanzaba con dos grandes zancadas-.

El hombre sonrió de nuevo. No me quedó más que seguirle, mientras me fijaba en la lujosa casa de la playa. Sin duda, aquella no era la casa de un mercader. Se trataba de una finca protegida por un gran muro, del cual yo no me había percatado pues habíamos cruzado la puerta mientras me hallaba enclaustrado en la parte trasera de la camioneta. Un inmenso jardín, cuidado hasta el extremo y con gran variedad de plantas y flores adornaba –en exceso para mi gusto- los alrededores de la mansión.

A cada paso que daba, con cada cosa que ocurría a mí alrededor, sentía que era por momentos, más y más vulnerable. Desconocía todo cuanto me rodeaba -y aunque yo no me defino como una persona metódica, sí es cierto que me gusta mantener el control de la situación-. Sólo esperaba encontrar a Emily de una vez y que ella me aclarase todo lo sucedido desde mi visita al templo de Borobudur. ¿Qué tenía que ver yo en todo aquello?

Continuará…

Leer el siguiente capítulo.


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