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Quisiera escribir con metáforas, tirando de comparaciones y otros recursos literarios, pero hoy no me sale. Hay días grises, como el de hoy, en el que, aunque la creatividad aflore con la misma naturalidad, espontaneidad y capricho que el resto de los días, lo hace con un cariz maligno. Cada uno lleva a cuestas sus demonios y hoy los míos han salido a escribir por mí. Se han cansado de ser la tabla con la que surfeo los altibajos emocionales que últimamente rigen mi vida.

No alcanzo a comprender por que se nos nubla el raciocinio, a pesar de ser conscientes de ello, cuando las relaciones personales se enredan en nuestros pies, haciéndonos tropezar una y otra vez. Aunque sea uno medianamente inteligente y aún sabiendo que no nos hace bien la autoflagelación emocional, volvemos al calvario sin remedio. Aquí un servidor se empeña en conseguir, sin éxito, la reciprocidad sentimental. Es duro enfrentarse a la realidad del rechazo. Y aún así arremetemos de frente como un macho cabrío en celo. Nos damos tan fuerte con la cabeza contra el muro, que tiemblan los cimientos de nuestra propia existencia. ¡Qué torpe!
 
Anhelo un bienestar que se me alcanza cada vez más lejano. Los días que estoy en la cresta de la ola, creo que puedo comerme el mundo. Pero cuando me miro al espejo… Yo sé lo que hay bajo mi piel de cocodrilo, pero parece que nadie más pueda verlo. Y quién tiene la capacidad de entenderlo, lo hace desde la ternura y la fraternidad, pero no con la pasión que uno desearía.
 

No debería de ser tan difícil, veo parejas nuevas y viejas por doquier. La gente se une y se separa a menudo. Sin embargo, yo me siento condenado a muerte. Una muerte en soledad y agonía. Una muerte dolorosa, de silencio impune que ahoga todo lo que tengo por decir. Una muerte cruel e injusta que creo que no merezco (tal vez sí y no me doy cuenta). Y no sé como evitarla. Temo que pase el tiempo y seguir bajo la misma losa de soledad. Pero no nos engañemos. La solución no pasa por aferrarse a un clavo ardiendo. Eso únicamente crearía heridas aún más grandes, que a la larga ahondarían en el sufrimiento. Lo que en realidad ansío es hallar las respuestas a mis preguntas, encontrar con quién complementarnos mutuamente. Y lo que me da rabia, una rabia canina que no puedo soportar, es encontrar a esa persona y no poderla atraer lo suficiente para que se quede a mi lado. Veo la arena escurrirse entre mis dedos. Al reloj se le han caído las agujas y ya solo hace tic-tac, pero sin decir nada.
 
Si de algo he presumido en alguna ocasión, así lo reconozco, es de no temer al denominado “síndrome del papel en blanco”, que acecha a algunos escritores (incluso experimentados) anulando por completo su creatividad e incapacitándolos para plasmar en papel nada que tenga un mínimo interés. “Eso a mí no me pasa.” Dije en alguna ocasión. “Tengo una imaginación desbordante”. Y es cierto. No me pasa. Sin embargo, me sucede algo mucho peor: Tengo mil historias que contar, pero nadie que las lea. Juro que no hay nada peor. No hablamos solo de aventuras transcontinentales o de sucesos remotos de antaño. Lo hacemos sobre los demonios que llevo en la chepa, sobre los que me susurran, sobre los que en los días grises escriben por mí. Y eso, aunque lo cuente, nadie lo lee. Joder, ¿Tan difícil es el ser feliz?
 
Mañana, con suerte, amanecerá soleado.
 

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