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Hace 2 semanas
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- Zohn, el heredero de La Tierra (1ª Parte).
Pocas veces se había mostrado nervioso o impaciente, pero la verdad, es que de algún modo, esperaba salir al exterior de la ciudad lo antes posible. Notó como se le erizaba el vello de sus brazos mientras lo preparaba todo. Tan sólo en un par de ocasiones había visto a habitantes de La Superficie. Siempre fue por que los habían llevado a la ciudad, tras apresarlos, para ejecutarlos ante la gente, como castigo, como espectáculo y del mismo modo, como advertencia para el resto, por haber cometido algún robo o cualquier otro tipo de crimen.
Descartó enseguida la posibilidad de sobornar a los guardias y menos aún el enfrentarse a ellos ya que eran muchos e iban bien armados. Así pues, empezó a recorrer el nivel superior, en busca de una vía de acceso. La idea de trepar más de seiscientos metros por una ladera casi vertical de roca volcánica, de noche y sin tener la certeza de poder llegar hasta el borde, le hizo sudar antes de siquiera dar un paso. Puerta tras puerta, avanzó ante viejos edificios semi-excavados en la dura pared. La mayoría de ellos eran garitos de perversión, antros de encuentro de la parte más delictiva de aquella sociedad de antropófagos desquiciados. Podía intuir movimientos en las sombras de indeseables y ladrones que aguardaban que se acercase alguien lo suficientemente despistado como para, en el mejor de los casos, robarles cuanto llevaran encima. Probablemente con gran frecuencia, algún que otro insensato desaparecía por aquellos rincones, para no volver a aparecer jamás. Si el comerse a un símil era práctica aceptada, la necesidad y la turbación de los habitantes de esta zona, convertían a todo lo que caminase en posible alimento.
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- Zohn, el heredero de La Tierra (3ª Parte).
Hacía ya mucho tiempo que ansiaba una oportunidad. Sin embargo, no le quedaba otra opción que armarse de paciencia y seguir desempeñando su labor. Aunque no era hombre de caprichos –por qué era ya casi un hombre-, tampoco podía permitirse grandes lujos. Comía caliente todos los días y no pasaba frío. Con esa austeridad, de vida sosegada y suficiente, había sumado una pequeña cantidad de “Posibles”.
Como ya les comenté anteriormente, queridos lectores, el comerse a un igual no es motivo de rubor y mucho menos de culpa. Es simplemente cuestión de supervivencia. Sin embargo, el hecho de que no esperen a que su alimento expire, antes de hincarle el diente, a mi sí que me intranquiliza bastante.
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Hace algo más de dos siglos, se produjo un fenómeno que aterró a todo ser viviente en nuestro planeta. Siempre se había creído, que el hombre sería el responsable del deterioro que pondría fin a la supervivencia. Sin embargo, nadie se había parado a pensar que nuestra raza habitaba en un planeta envenenado y desahuciado desde hacía miles de años. Algunos de los minerales explotados en muchas ocasiones para su utilización como combustibles, tenían conocidos efectos radioactivos que aunque trataron de controlarse durante su industrialización, poseían un aletargado poder devastador que aguardaba al capricho de La Tierra para fustigar a sus habitantes. Se dice en los libros de historia, que un gran temblor sacudió toda la corteza terrestre durante más de una semana. Eso no fue más que un pequeño anticipo de lo que estaba sucediendo unos cuantos cientos de kilómetros bajo nuestros pies. Sin una explicación, hasta día de hoy, demasiado concluyente, se sabe que una gran reacción termonuclear provocó que el magma terrestre multiplicar su volumen por diez, lo que hizo que todos los volcanes conocidos, y otros muchos nuevos que aparecieron, vomitaran simultáneamente lava incandescente al exterior. Sin embargo, lo peor fue que entre los minerales fundidos que formaban esa enorme riada anaranjada, se encontraban grandes cantidades de plutonio, uranio y otras sustancias altamente contaminantes. Más allá del impacto volcánico que destruyo la mayoría de las ciudades e infraestructuras, el cielo se mantuvo cubierto de espesas nubes de polvo, humo y cenizas, durante varias semanas, con todos los efectos que ello conlleva. Un manto de radioactividad envenenó campos, animales y personas. Tan sólo una parte de la población pereció durante esos días. El resto, quedó condenada a las penurias y la hambruna hasta el fin de los días.
Sin embargo, como humanos que somos, hemos conseguido adaptarnos en cierto modo. La espera ha resultado más larga de lo planeado y varias generaciones, una tras otra, han sobrevivido llevando a la espalda la pesada losa que algún día cubrirá nuestra tumba.
Las altas concentraciones de residuos atómicos se filtraban en inacabables columnas verticales hacia el centro del planeta y liberando a la atmósfera su carga venenosa que se diluía en los fuertes vientos que una vegetación casi inexistente apenas lograban frenar. Eso limitaba enormemente la capacidad de expansión de las ya de por si grandes urbes. Un detalle espectacular se podía contemplar en las grandes fallas recientemente formadas, las cuales habían sido aprovechadas creando un nuevo sistema de construcción horizontal sobre superficies verticales. La gravedad se había convertido para los arquitectos e ingenieros en un fino equilibrio entre la supervivencia y el desastre. Desaparecieron ideas como la creatividad o el lujo y fue la funcionalidad de los pequeños refugios familiares la que determinó la sobriedad de las construcciones.
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Pero, volviendo a nuestro curioso personaje y al deporte por el cual había jurado dar su vida, deberíamos puntualizar que en sí, era una variante de un viejo deporte en el que en las últimas décadas se habían introducido sustanciales reformas. Probablemente, alguno de ustedes haya leído en antiguos libros, algo al respecto:
Hacía ya años que la antropofagia había huido de tabúes. La necesidad impera ante el pudor o la conciencia y aunque valga decir que sólo se practica en contadas ocasiones, ahora ya son más bien pocas, las personas que jamás han gozado de las nutritivas carnes de un igual. Quizás, querido amigo, según vaya usted avanzando en la lectura de esta historia, logre alcanzar a comprender las circunstancias que desplazaron a la moralidad para dar cabida a una anarquía de sentimientos dentro de la propia raza humana. Probablemente, no sea ésta la primera sorpresa que se lleve. Quizás deba reflexionar acerca de las doctrinas ancestrales que le han sido transmitidas desde niño. De cualquier forma, no deseo estar cerca para comprobar si su juicio se doblega ante las penurias de la hambruna, no sea que decida probar nuevas dietas y yo vaya a formar parte de ellas.
Los tiempos actuales. La Era Futura. Ese es el nombre que se le dio a los tiempos corrientes, ya que debido a las penurias por las que pasaba gran parte de la población por culpa de la escasez de alimentos en La Tierra, se sospechaba que éstos pudieran ser los últimos años que conociera el hombre. De ahí que como seguramente no habría más futuro que el inmediato, decidieron dar ese nombre al periodo acaecido desde La Erupción hasta la actualidad. Atrás quedaron sueños, proyectos y esperanzas. Una decadencia insolente burla de forma incesante a aquellos que vaticinaron glorias y conquistas más allá del manto azabache que cubre a nuestro planeta.
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Zohntenniaght, aunque todo el que le conocía le llamaba simplemente Zohn, era un chico alegre, de avispada mirada pícara y nariz respingona. Aunque por estatura, podríamos decir que para su edad no destacaba, sí era cierto que una ancha espalda y un caminar con las piernas ligeramente arqueadas, lo hacían inconfundible para cualquiera que lo conociese. Empezó con un exhaustivo programa de entrenamiento desde que empezó a tener uso de razón, lo cual le había llevado desarrollar una potente condición física. No prestaba atención a las chicas de su edad, aunque ellas se fijaban a menudo en él. Unos cristalinos ojos azules hacían sonrojar a las chicas e intimidaban a muchos de los chicos de su edad. Pero él no era dado ni a inmiscuirse en problemas ajenos, ni a crearse los suyos propios, así que el interés que despertaba era temporal y a largo plazo podríamos decir que pasaba casi inadvertido.
Era la única forma que encontró para poder estar cerca del terreno de juego y no perderse detalle. De hecho, en la soledad de sus sueños, ansiaba convertirse en un auténtico guerrero del deporte local por excelencia, con la fuerza de un gigante y la decisión de una bestia. A menudo imaginaba que se enfundaba una coraza brillante hasta el extremo, con toda clase de púas y ganchos sobresaliendo en sus hombros, codos y espalda. Se veía calzando aquellas pesadas botas de acero, revestidas con malla de hilo de titanio y rematadas con púas y cuchillas capaces de atravesar las más resistentes de las corazas. En más de una ocasión, había visto luchadores con miembros amputados, o con graves heridas que o bien los dejaban impedidos, o bien acababan con sus vidas. En realidad, al ser el encargado del equipamiento, debía recuperar cada una de las costosas y significativas piezas, aunque para ello hubiera de quitárselas él mismo a los luchadores caídos.
Estaba ya acostumbrado al hedor de la sangre caliente empapando sus manos. Había limpiado piel, carne, tripas y hasta ojos que se quedaban adheridos al frío metal punzante que cubría los increíblemente fuertes cuerpos de los jugadores. Así pues, la costumbre le había llevado a trivializar sobre el significado de la vida. Sólo había para él un futuro posible y ese era el de convertirse en un valeroso guerrero. Si no era eso, no quería nada más, así que la vida tenía poco valor. Si por el contrario, se convertía en luchador, no concebía muerte más gloriosa que la producida durante la contienda en el terreno de juego.
Aunque ciertamente, pueda parecernos extremadamente cruel, en realidad no se trataba más que del fruto de muchos años de involución – a mi parecer- de la raza humana. Lejos quedaron los años en los que nos preocupábamos los unos por los otros. Los tiempos de solidaridad y de lo que antaño se denominó conciencia social, dieron paso a una degeneración paulatina en la que la faz de la tierra se cubría constantemente por la sangre derramada, fuera de forma justificada o no. La sed de sangre de los hombres y las mujeres volvió a los orígenes de la raza. Tal vez la superpoblación ayudara. Tal vez simplemente regresábamos hacia atrás, pero la cuestión era que cuando alguien ya no servía para los propósitos de la mayoría, simplemente era exterminado. Pero lo peor no era que lo hicieran así, lo peor es que ya lo veían como algo normal.
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