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Leer la historia desde el principio.
Leer el capítulo anterior.


Tan sólo a dos manzanas del mercado, la suerte me sonrió y hallé un viejo almacén abandonado en el que ocultarme durante un rato. Registré por encima lo poco que quedaba en pié de aquel pequeño desastre ruinoso. Algunos retales de tela me servirían para un improvisado vendaje de batalla. Un pedazo de goma, envuelto en el trozo de camisa que me había anudado al brazo, sería lo que mordería al arrojar aquel perfume barato sobre el agujero que atravesaba mi hombro. Aunque no fuera muy higiénico, prefería el metálico sabor de la sangre seca, antes que llevarme a la boca un sucio y polvoriento trapo del suelo.

Preparé cuidadosamente todos los útiles de los que disponía sobre una pequeña tabla de madera que utilicé a modo de mesa. El mareo empezó cuando retiré la tela que se había pegado a la herida. Tuve que dar unos tironcitos para retirar el tejido y con ellos se despegó también parte de la piel alrededor del orificio de entrada. Las náuseas aparecieron cuando tuve la insana ocurrencia de echar un vistazo al interior del agujero. -No es que se tratase de una herida aparatosa, ni de que se me vieran las tripas ni nada de eso. Era el simple hecho de saber que el brazo que estaba a punto de intervenir era el mío-. Con algunos pedacitos del algodón extraído de los tampones, que previamente había impregnado en perfume, limpié lo mejor que pude, toda la sangre y las dos heridas. Mordí con fuerza el trozo de goma al mismo tiempo que el sudor y la saliva se mezclaban en las comisuras de mis labios. El momento en que se me nubló la vista, fue sin duda cuando introduje los pedacitos de tampón en el interior de los agujeros. Por un momento creí que no sería capaz de acabar mi pequeña cura antes de desmayarme, pero tras una pausa, un suspiro y una profunda bocanada de aire, reuní fuerzas suficientes para acabar lo que había empezado.

Tras taponar aquellos dos enormes agujeros –del tamaño de un garbancito o un guisante- comprimí el vendaje alrededor del brazo, sujetándolo con un fuerte nudo. Al fin había terminado. Después de aquella angustia, del sabor de la sangre, del inherente aroma del perfume y del punzante dolor de haber hurgado en mi brazo, me acomodé para evitar golpearme al desmayarme. Sentado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en la mohosa pared de ladrillo, caí en un profundo y reparador sueño que duró varias horas.


La noche cubría de nuevo la ciudad y con ella, una fuerte lluvia tapiaba las calles y ahuyentaba a los peatones. Me pareció que un buen remojón me ayudaría a espabilarme, así que me abrigué con una vieja chaqueta de trabajo que encontré en un rincón y me lancé a la calle en busca de algo que comer. Tras un buen rato caminando, casi sin darme cuenta, me hallaba a pocos metros del callejón en el que tirotearon a aquellos dos hombres y sesgaron el cuello al proxeneta.

Quizás fuera algo arriesgado por mi parte, pero sin dinero ni un lugar a donde ir, decidí acercarme a la vieja tienda de la persiana metálica en dónde me encontré con el anciano por primera vez. Sin embargo, ingenuo de mí, a esa hora allí no había nada ni nadie que pudiera darme una respuesta. Volvía a no saber que hacer ni a donde acudir, apenas conocía a nadie en la ciudad y muchos menos, visto lo visto, alguien en que pudiera confiar. El hambre y el cansancio, acentuados por algo de fiebre, agudizaban la sensación de pequeñez que me abrumaba desde que desperté. Debía medicarme si no quería que la herida se infectase. Debía comer algo para no estar tan débil y sobre todo, debía empezar a ordenar en mi cabeza todo lo que había ido sucediendo desde que acudí a mi cita en el templo de Borobudur.

El sonido de las gotas de lluvia rebotando en un llamativo paraguas de color fucsia que protegía a una prostituta, me llamó la atención. Apoyado en el frío muro de piedra de un edificio y con las manos sobre mis muslos, alcé la vista para encontrarme con la mirada de aquella joven. Ella enseguida giró su rostro e hizo ver que no me observaba, pero ese gesto no hizo si no delatarla en su curiosidad. De pronto vino a mi mente la chica con la que pasé la noche en que asesinaron al proxeneta que yo había pagado. Recordé su nombre y en dos largos pasos me planté junto a la chica del paraguas. La tomé del brazo y la giré para ver su rostro. Por desgracia, volvía a equivocarme. Aunque sus rasgos exóticos la recordaban levemente, carecía de la inusual belleza de Setiawan. Después de decirme algunas incomprensibles frases en Malay, la miré fijamente y le dije:

- Setiawan, Setiawan. –Y vocalizando exageradamente, como si así pudiera lograr que comprendiera mejor mi idioma, continué intentándome hacer entender.- Setiawan…busco a Setiawan. Muy importante. Setiawan. Muy importante.

Aunque en primera instancia, la respuesta fue una cara de fastidio, poco tardó en esbozar una sonrisa y echar a andar en dirección al callejón. Apenas había andado unos pasos, se volvió para comprobar que la seguía. Resultaba curiosa la habilidad desarrollada por aquella chica, teniendo en cuenta que calzaba tacones de doce centímetros, para no pisar ninguno de los oscuros charcos del suelo. Por otro lado, yo me percataba de que estaban allí, cada vez que metía el pie, hasta la altura del tobillo, en cada uno de ellos. Con los pies empapados, la cara chorreando por el agua que se precipitaba desde mi cabello, magullado y dolorido por la herida del hombro y con la mirada enturbiada por la fiebre que iba en aumento, seguí las indicaciones y permanecí de pie, bajo la lluvia, frente a una destartalada puerta de color verde. Verde, el color de la esperanza, pensé.

Pude oír algunas palabras en Malay que como siempre, no alcancé a comprender. Sin embargo, me pareció escuchar el nombre de Setiawan varias veces. Al fin la puerta se abrió, asomó por ella el paraguas fucsia que precedía a la chica que me había guiado, la cual, tras guiñarme un ojo y lanzar un beso al aire, se fue por el callejón entre murmullos y risitas.


Setiawan me miraba con ternura desde detrás de la puerta y me invitó a que pasara al interior del edificio. La seguí por un pasillo angosto y poco iluminado, como hipnotizado por el vaivén de sus caderas, ceñidas en una falda de licra verde y el contoneo de sus hombros, medio descubiertos por una blusa de seda de color negro, hasta llegar a la puerta de una pequeña y abarrotada habitación. Apenas unos pocos metros cuadrados ocupados en su mayoría por dos camas, unas maletas y ropa amontonada que casi no dejaba ver el suelo. Estaba claro que el orden no era su fuerte, pero a pesar de todo, el lugar se veía limpio y seco. No hizo falta que me invitara a sentarme, ya que tan sólo un instante después de cerrar la puerta, caí desmayado sobre las maletas apiladas.

Continuará…


Leer el siguiente capítulo.


Gracias por todas las muestras de apoyo.
La verdad, debo deciros que derrumbarme, derrumbarme, no me he derrumbado, aunque he pasado (y estoy pasando) por momentos ciertamente delicados.
Aún así, me reafirmo en que soy sumamente optimista. Únicamente, he establecido un orden de prioridades en el que de momento no figura el blog, espero que lo comprendáis.

Debo deciros que me muero de ganas de continuar con las historias que empecé. Sin embargo, ahora más que nunca estoy centrado en mi actividad profesional para intentar sacar trabajo de debajo de las piedras (o de donde sea!).

Es cierto que esbocé en mi mente algunos fragmentos de una nueva carta psicótica, pero temí que ésta fuera demasiado real y que me encerraran en una celda y tirasen la llave.
Así que una vez más reprimí mis instintos asesinos (de palabras) y volví a centrarme en el trabajo.

"Tal vez en esta ocasión, los demonios hayan venido en forma de números. Tal vez sean muchos y no auguren nada bueno. Sin embargo, no debemos olvidar que es en nuestra mente en donde se libran las mayores y más bravas batallas. Somos nosotros los que imponemos barreras, en nuestros delirios, los que permitimos o no que los demonios avancen y nos coman, o aún peor, que no nos coman y nos produzcan una profunda y eterna agonía.
Es pues, en esta revoltosa y ajetreada cabeza, en donde imagino el retroceso de los diablos rojos. Visualizo su talón de Aquiles para vencerlos y rehacerme, como el Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas. Tan sólo el tiempo nos separa de la estocada que nos proclamará vencedores. Y entonces será, por fin, cuando el demonio de la hipoteca, uno de los más temidos, deje de ser una seria amenaza."

Como veréis, no estoy para escribir demasiadas cosas serias. ;)



...ahorrando palabras...por eso de la crisis... ¿? XD

Sé que lo prometí, pero la verdad, no encuentro ni el tiempo ni la inspiración, ni nada de nada. En mi cabeza sólo hay números y son de color rojo, así que como no empiece a contaros mis penas...

Aún así, no os preocupéis, soy optimista por naturaleza. Es sólo cuestión de tiempo que me toquen la Bonoloto, la Primitiva, el Euromillón, la quiniela y los ciegos y así por fin podré pagar mis pequeñas deudas! jua!

De Suzzanne puedo contaros que está echando horas en un taller textil de Borneo. Pero se de buena tinta que no me ha olvidado ni lo hará nunca. :)

Yo estoy pensando en montar un quiosco de pipas en Madagascar, así si no hay turistas, al menos los loros tendrán comida de sobra. :)

Respecto al blog... Seguirá abierto y cualquier día me arranco de nuevo. Sólo falta que las cosas vuelvan un poquito a su cauce normal para que yo pueda distraerme lo suficiente de mis tareas diarias.

En fin, parece que últimamente ronda por aquí un demonio rojo de 30 metros de alto y disfrazado de banquero, que se hace llamar crisis. Si lo veis venir, salid corriendo.

Besos y una vez más gracias por estar ahí.



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