Reflexiones de un vampiro (Parte 1)
0 Fantásticos comentarios Fantaseado por Alex at viernes, marzo 14, 2008El bosque de Mortaak estaba tranquilo, y el sol hacía ya un rato que había huído de las copas de los árboles para enterrarse más allá del horizonte. La brisa del norte refrescaba el aire y una ligera bruma, con su húmeda caricia envolvía la noche. Un cierto hedor rezumaba desde los pantanos de turbulentas aguas estancadas, y los juncos se mecían en un armónico vaivén sinfín.
Hacía ya un rato que el silencio reinaba, y la vida que durante el día inundaba la espesura, había dado paso a la más absoluta de las calmas. Ni siquiera las lechuzas adornaban la negrura. Ni tan sólo los roedores se habían aventurado a salir en busca de comida. La soledad era absoluta y la tristeza de lo desierto desgarraba el alma.
Apenas un breve murmullo de hojas agitadas apuntaba algún movimiento entre las hayas, y mientras la niebla se hacía más y más densa, se podía intuir una silueta que más allá de caminar, flotaba apenas a un palmo del suelo, arrastrando incluso los pies en algunas ocasiones, removiendo el barro y tropezando con las raíces que asomaban por encima de la hojarasca.
Estilizado en extremo, ataviado con una harapienta capa negra que cubría sus hombros y caía hasta sus tobillos, y que flirteaba con el viento mientras su traje, medio cubierto de lodo, se hacía girones al rozar con los troncos de los árboles. Llevaba una de aquellas camisas de época, con voluta y puñetas, que debió de ser blanca alguna vez, pero que ahora no se veía más que cubierta del marrón reseco de la sangre derramada. Su tez, de un gris ceniza, acentuada por unas cuencas oculares oscuras en extremo, y demacrada por los años que llevaba ya muerto, reflejaba la angustia y el dolor de quien vaga sin rumbo. Su cabello revuelto, azabache como la noche, dejado y enredado, cubría su frente y caía hasta taparle el cuello.
Aún lucía en su mano derecha el anillo de la gloriosa orden de Los Mitigadores, a la que había rendido cuentas en vida, y por la que perdió todo cuanto amaba.
Un breve sollozo emanaba continuadamente de sus lánguidos labios. Jamás había podido superar la separación de su amada, a la que decidió, a pesar de la insistencia de ella, en no otorgarle la vida eterna dándole su sangre a beber. La había visto irse en sus brazos, abandornar la vida que él tanto anhelaba, para exisitir, desde ese momento, únicamente en sus recuerdos.
Una lágrima de sangre cruzaba su mejilla, y el dolor se tornaba en ira según avanzaba el tiempo.
Tal vez era el momento de abandonar las tierras de Mortaak, al este de la vieja y castigada Moldavia. Quizás debiera adentrarse en las montañas, para alimentarse tan sólo de indefensos animalejos. O quizás no.
Continuará...
Reflexiones de un vampiro (Parte 2).
Reflexiones de un vampiro (Parte 3).
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Punto y Seguido. (2ª parte)
5 Fantásticos comentarios Fantaseado por Alex at viernes, febrero 15, 2008Por fín me he decidido a continuar una de las historias que empecé hace poco. Antes de leer este fragmento, te sugiero que, si no lo has hecho aún, leas la primera parte:
Punto y seguido. (1ª Parte)
No había dejado de sentir aquel frío punzante desde el sobrecogedor encuentro con su madre y su abuela. De hecho, y aunque ya le habían explicado los inconvenientes de haberse convertido en un alma errante, no se acostumbraba a vivir rodeada de la espesura de aquella incómoda niebla. Echaba de menos la calidez de los rayos del sol acariciando su cara. Le gustaría sentir de nuevo el aroma de las rosas del jardín, o de mojarse los pies en el lago que había tras la colina. Sin embargo, de algún modo que no alcanzaba a comprender, estaba ligada a la casa, y aunque no lo había intentado, le habían advertido severamente que jamás debía salir al exterior.
Era cierto que pasaba gran parte del tiempo sola, vagando de un rincón a otro de la gran casa colonial. Recorría los pasillos y las estancias, podía deslizarse de la cocina a la biblioteca sólo con pensarlo, subir y bajar las escaleras en lo que se tarda en exhalar un suspiro. Aún así, todo le parecía distante, casi irreconocible. No había gozado a encontrarse de frente con sus hijas, ya que a pesar de saber que éstas no podían verla, le causaba un enorme dolor el pensamiento de no poder estrecharlas en un abrazo.
Durante las noches se reunía con sus predecesoras. Charlaban sobre la familia, sobre lo que le depararía el futuro a cada uno de sus miembros. Solían consolarse hablando de la pequeña que correteaba por la casa, su nieta, que llena de alegría e ingenuidad, aportaba una gran vida a aquel lugar. ¡Que paradoja! Una gran vida…
Las horas del día, sin embargo, se las tomaba para reflexionar acerca de su nueva condición. Sus miedos se desvanecían según pasaban las semanas, y poco a poco, tomaba conciencia de que jamás su existencia volvería a ser como antes. Demasiado tiempo libre, le hacía torturarse una y otra vez con sus recuerdos, y con tantas cosas que le hubiera gustado hacer, y que ahora veía que le eran ya inalcanzables.
A pesar de estas penitencias, siempre había sido una mujer de gran entereza, caracterizada por su aplomo y su decisión. Esto fue lo que le llevo un día a imponerse una rutina diaria, que aunque inútil en su mayoría, le ayudaba a pasar las horas. Cada mañana bien temprano realizaba una ruta por las alcobas, viviendo una tras otra vez el despertar de los habitantes de la casa.
Empezaba por el ama de llaves, Margaret, una mujer curtida, de corta estatura y algo rechoncha. Jamás había tenido esposo, probablemente debido a que eran bien pocas las ocasiones en las que se aventuraba a salir de la villa. Así pues, su dedicación a las labores de la casa era completa. Se levantaba a las cuatro y media. A eso de las cinco menos diez estaba ya en la cocina preparando los ingredientes de los desayunos. Antes de acostarse preparaba una lista, y así, ahora podía ponerse manos a la obra de inmediato, sin la necesidad de pararse a pensar. A pesar del duro trabajo que cargaba sobre sus años, canturreaba a menudo entre susurros mientras realizaba sus tareas. Podría decirse que en cierto modo era una mujer feliz. O al menos, eso creía ella.
La segunda visita del día se la dedicaba al jardinero, un viejo irlandés de espesa barba blanca, siempre aferrado a su pipa, que poco después de levantarse iba a ver Margaret, quien le tenía ya preparada una gran taza de té, y unas deliciosas galletas que ella misma preparaba. Pese a su avanzada edad, conservaba una chispa en sus claros ojos gris-azulados que llenaban de vida su mirada. Podía verse claramente que algún profundo sentimiento asomaba cada vez que se acercaba a la cocina y escuchaba los canturreos en voz baja que de allí salían. Quizás fuera demasiado viejo para proponer nada serio a Margaret, pero sin duda alguna, no era demasiado viejo para amarla. Amarla igual que amaba a las plantas, que ocupaban gran parte de su quehacer diario, que le agradecían con cada nuevo tallo, con cada flor y cada pétalo, los cuidados que les brindaba y las atenciones que les prestaba. Este hombre, había vivido muchos años en aquella casa. De hecho, había sido la difunta abuela quién lo había contratado cuando era tan sólo un jovenzuelo. Tras su muerte, había pasado a servir a su hija, y tras la de ésta, a su nieta, la cual ahora también le había dejado.
Un poco más tarde, se levantaban las doncellas y el resto del servicio. Todas ellas eran como uno sólo. Compartían el ala oeste, en dónde se encontraban sus habitaciones. Se levantaban a la vez, desayunaban juntas, trabajaban juntas, almorzaban juntas, y se volvían a sus habitaciones todas a la vez. Aquello era un pequeño gallinero, en el que las chicas, jóvenes en su mayoría, bromeaban, reían y chismorreaban. Casi todas ellas eran huérfanas, habiendo perdido a sus padres en la guerra, y viéndose obligadas a encontrar un hogar y una familia que les acogiera. Así pues, de algún modo, eran como una gran familia. Llegaban en tropel a la gran cocina, en donde sentadas a una gran mesa, tomaban el desayuno. Con su alboroto matutino, podía decirse que se iniciaba el día en la casa. Recogían la cocina cuando los señores de la casa empezaban a aparecer, y se apresuraban con cortos y rápidos pasos a realizar las tareas que tenían encomendadas.
En tan sólo unos días, había descubierto un mundo que hasta entonces desconocía. Jamás había sabido, con tanto detalle, cuales eran los movimientos en la casa de cada una de aquellas personas. Y quizás, la mayor revelación, fue el darse cuenta precisamente de eso, de que eran personas. Cada una con mil historias que contar, dignas de la mejor de las novelas, con pequeñas cosas insignificantes para cualquier mortal, pero que a ella le habían despertado un profundo interés.
Continuará...
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A pesar de mi experiencia en el estudio de nuevas especies, no dejaba de asustarme el agudo chillido que emitían los Chillab que sobrevolaban mi cabeza. Era la primera vez que me había aventurado a estudiarlos de noche, y aunque creía tener un buen refugio, no dejaba de sentir una intranquila aversión cada vez que veía pasar a uno cerca.
Los Chillab son unos seres voladores, con una envergadura de casi treinta metros de largo, amorfos casi en su totalidad y con una enorme mandíbula que utilizan absolutamente para todo. De hecho, se alimentan básicamente de Arteeghs y de Crifous, dos variedades de plantas autóctonas, parecidas a los árboles, pero formadas por una sustancia gelatinosa, y recubiertas por una membrana que les da una apariencia de gotas de agua mecidas por el viento. Cuando esas membranas revientan, el membrillo gelatinoso cae al suelo, formando mocosos pantanos, impracticables en la mayoría de los casos. El gran moco en el que se convierte el suelo de los bosques de Arteeghs, además posee vida propia. Trata de envolver cualquier cuerpo que en él se adentra, para inmovilizarlo primero, y absorber sus proteínas después. Así, se cierra el ciclo recíproco de alimentación entre los Arteeghs y los Chillab.
Pero…volviendo a los Chillab…Carecen de extremidades: ni patas, ni garras, ni nada que se le asemeje. De hecho por no tener, no tienen ni alas, ni ningún otro tipo de elemento de sustentación tal y como en La Tierra se conocen. Poseen la característica de volar, o mejor dicho, de flotar en la atmósfera del planeta Krittoon 23. De hecho, en realidad se trata tan sólo de una cuestión de densidades. La atmósfera de este planeta, unos de los 282 del sistema planetario KB-3987F, o lo que es lo mismo, el único sistema solar de cuatro estrellas que se conoce hasta el momento, tiene una densidad aproximadamente cuatro veces superior a la que soporte el cuerpo humano. Para aprovechar esta situación, los Chillab han evolucionado desarrollando la capacidad de expandir sus cuerpos hasta reducir su densidad de tal forma que les permite desplazarse sin tocar el suelo. Cuando estos extraños seres reposan, disminuyen su tamaño a una décima parte, y se cobijan en agujeros en las paredes rocosas de las montañas.
No son seres especialmente agresivos, pero su tamaño cuando se hallan en movimiento es tal, que con pequeño golpe, o rozadura contra una ladera, pueden cambiar por completo el aspecto de una montaña. Así pues, el trabajo de estudiarlos entrañaba cierto riesgo.
Yo estaba ya acostumbrado a verme inmerso en estas situaciones, ya que mi condición de explorador me había llevado a ellas en incontables ocasiones. De hecho, gozaba ya de cierta popularidad entre algunas personalidades del gremio por haber sobrevivido a grandes peligros, como los que corrí para capturar un ejemplar vivo de Thelfogh. – Un gusano subterráneo devorador de magma, que alcanzaba los 120 metros de largo, y que provocaba graves terremotos en la superficie de Liingsaloth 25, un planeta vecino del mismo sistema solar que Kritton 23.- También documenté el ocaso del planeta Aartax 05, cuando la capa de hielo que lo recubría se fundió a causa de una reacción volcánica masiva provocada por el impacto de un gran meteorito. En aquella ocasión, logré escapar de la onda expansiva del planeta tan sólo unos minutos antes de que la capa de hielo cediera, y el planeta explotase como un higo maduro.
Esta reputación fue la causante de que la Confederación Científica Interplanetaria me encargara el estudio de la biosfera del planeta en el que me hallaba ahora. De hecho, se tomó una decisión repentina, que a mi me cogió por sorpresa cuando estaba a punto de partir hacia la galaxia X-Gramm,- un conjunto planetario habilitado por completo como sistema interestelar de ocio y entretenimiento.- En resumidas cuentas, estaba a punto de irme de vacaciones. Me comunicaron que debía partir de inmediato, y encontré un hangar repleto del material necesario para la expedición, cuidadosamente seleccionado, empaquetado y listo para ser embarcado a bordo del transbordador. Era evidente que llevaban tiempo preparando esta expedición, y que lo habían hecho en el más estricto de los secretos. Reunir y catalogar todo ese material les podía haber llevado meses, quizás años, y eso sin contar con la financiación necesaria para el viaje. Saltaba a la vista que en este planeta buscaban algo más que el estudio de la biodiversidad. Sin embargo, las premisas eran claras: Estudiar la morfología y comportamiento de todos los seres vivos que se hallasen sobre y bajo la superficie rocosa, reportar todos y cada uno de los descubrimientos que se hicieran, y catalogar los diferentes minerales y materias susceptibles de ser explotados para beneficio de la Confederación. Existían dos últimas directrices. La primera: No hacer preguntas. La Segunda: Tratar de volver con vida. Por supuesto, estas dos no eran cosa de la Confederación, si no que me las imponía yo por motivos obvios.
Continuaba con mis anotaciones acerca de los Chillab. Ahora podía ver a uno comiendo a unos escasos cincuenta metros. Tenía un cuerpo semitransparente que filtraba la luz violácea de unos de los cuatro soles. Algunas manchas anaranjadas le confundían con las vulvas de los Arteeghs, y permitían diferenciarle de los otros seres de su especie. Era como si una ameba gigante se hubiera escapado de un microscopio y se hubiera colado en mis sueños. Cambiaba de forma para deslizarse entre los salientes de piedra y los valles. Parecía una burbuja de aire encerrada en un tubo de agua, como aquellos viejos niveles que empleaban antiguamente los artesanos. No tenían ojos, así que no temía que me vieran. Además, ya había tenido la desagradable oportunidad de estar en contacto con una de estas masas amorfas, y no me había prestado la más mínima atención, así que el hecho de saber que yo no les atraía, me tranquilizaba bastante. Sin embargo el roce con aquel ejemplar fue digno de ser olvidado. Me dejó completamente empapado de un asqueroso moco azulado, que además de resultar pegajoso en extremo, rezumaba un olor parecido al de un excremento de Muhoo. Para colmo, los catorce porteadores que me acompañaban aquel día, lo vieron todo en primer plano, y fui el hazmerreír de la expedición durante al menos tres semanas. Poco a poco el tema dejó de ser novedad, y yo puede de nuevo volver a concentrarme en mis tareas.
El tiempo en Kritton no podía medirse por los amaneceres y ocasos, como haríamos en La Tierra. Es preciso llevar un pequeño ubicador temporal para no perder la noción de los días y las noches. Allí los ciclos son totalmente diferentes. Para empezar, siempre hay alguno de los cuatro soles iluminando el cielo. El más grande de ellos, A-Astar, emitía una luz amarillenta, tornándose verdosa en su salida y su ocaso. El segundo en tamaño, B-Astar, producía una luz de un azul intenso, aunque en algunas ocasiones, unas reacciones en su núcleo le otorgaban un color marrón que desaparecía al poco y volvía a dejar paso al azul. Probablemente se debía a la mezcla del azul natural de la estrella, con grandes explosiones de gas Hiliánitico, de conocido color rojo. Por último, nos encontramos a C-Astar y C-Bstar, dos estrellas gemelas que giran en torno a si mismas y que cuando iluminan el cielo del Kritton, provocan un continuo efecto centelleante. A diferencia de otras formaciones planetarias, los soles de este sistema se hallan en puntos separados, y los planetas que orbitan a su alrededor cambian de estrella central de forma aleatoria, lo que hace imposible establecer calendarios en ninguno de ellos.
Había comprobado que cuando las estrellas gemelas emitían su constante parpadeo luminiscente, los Chillab se escondían. Al parecer no les agradaba esta luz, aunque no parecía, al menos a simple vista, causarles ningún trastorno grave. En realidad, ni a mí, ni al resto de miembros del equipo, tampoco nos agradaba, ya que nos obligaba a activar el cristal ahumado reflector de nuestras máscaras, con lo que perdíamos en gran parte la noción de los colores de nuestro entorno. Aún así, ya nos habíamos adaptado a nuestros trajes térmicos de presión. La verdad es que el material que nos habían proporcionado era de altísima calidad, y de la más novedosa de las tecnologías. Por fin habíamos dado con unos trajes protectores que nos permitían movernos con soltura. Los llevábamos ceñidos al cuerpo, y su elasticidad nos hacía sentir realmente cómodos. Se habían tejido en fibra de Zaark, uno de los materiales más resistentes del universo, y estaban dotados de sistemas biomédicos de recuperación, una herramienta indispensable en las inhóspitas atmósferas de algunos planetas. La parte más extraña del equipo, era probablemente, la máscara. Esta máscara, te cubre el rostro por completo. De la parte inferior salen unos finos tubos que se conectan a los nano-depósitos de oxígeno implosionado que llevamos tras nuestro hombro derecho. Hacia el lado izquierdo, se dirigen los tubos de manutención, por los que circulan los hidratos proteínicos que almacenamos en los nano-depósitos tras el hombro izquierdo. A la altura de los ojos, un amplio cristal que nos proporciona una visión de 180º. A éste se pueden adaptar diferentes filtros para evitar daños causados por la luz de los diferentes soles. Además, un cable que discurre bajo nuestra barbilla, conecta la máscara a la unidad central de procesamiento, una pequeña placa de apenas unos milímetros de grosor situada sobre nuestro pecho. Esta unidad es la encargada de que todo el equipo funcione, y almacena los datos obtenidos de nuestra visión directa. Ella nos muestra en el visor la información relativa a todos los elementos presentes en nuestro campo de visión. Sin duda alguna, la Confederación se había superado, y al fin nos había proporcionado material de primera mano. No por eso, dejaba de intrigarme por que habían invertido tantos créditos en esta misión. Hasta el momento no habían sido demasiado generosos, incluso en algunas ocasiones había financiado yo mismo parte del equipo. Pero esta vez era diferente.
Continuará…
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