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Reflexiones de un vampiro (Parte 1).
Reflexiones de un vampiro (Parte 2).


En ocasiones, nos vemos obligados a tomar decisiones. Muchas de ellas, queramos o no, determinan nuestro destino. Es difícil encontrar el equilibrio entre lo que nos dicta el corazón y lo que nos susurra la razón, pero es a esta última a la que nos atenemos en la mayoría de los casos. Aún así, a pesar de estar haciendo lo que creemos correcto, un vacío nos invade si al tomar determinación, sentimos que le fallamos a alguien, o que simplemente, un trocito de nuestra más vulnerable humanidad se desvanece al hacerlo. Por supuesto otros factores pueden influir en ese pesar, que nos presiona el pecho y nos encoge el corazón, el que nos deja un nudo en la garganta y un amargo sabor a nostalgia. El orgullo nos oprime, y la obstinación nos ciega. Nos aburre la rutina, y la ira y la venganza nos manejan a su antojo. Tal vez sea normal. Tal vez no lo sea. En cualquier caso, así es y así fue. Por que lo normal y lo debido no se aúnan en un o sólo. Por que lo anhelado y lo dictado tienden a distanciarse.

Esta es la historia de un desarraigo voluntario, que lejos de proceder de ninguna imposición, brotó espontáneamente de lo más profundo del alma de nuestro joven vampiro. En bien de su clan, optó por quitarse de en medio, por echarse a un lado y pararse en el camino, mientras sus compañeros de lucha prosiguieron avanzando en su búsqueda de la verdad. Ni la codicia ni la venganza le guiaban, ni tan sólo la cobardía o la desidia. Atrás quedaron hazañas y contiendas. Atrás dejaron recuerdos y derrotas. Una existencia infinita que tomaba rumbos dispares, que dejaba un halo de añoranza y que emprendía la marcha hacia lo desconocido.

Sólo, completamente sólo. Así es como se sentía nuestro joven y aún inexperto vampiro. Apático y herido, ya no en las carnes, si no más en el orgullo, vagó de aquí para allá durante un tiempo. De nada sirvieron las palabras de consuelo halladas durante el viaje. Ya ni siquiera el apetito por la cálida sangre humana llenaba el vacío que sentía. Demasiadas preguntas sin respuesta, demasiadas incógnitas en su existencia. Cada una de ellas le conducía a una nueva, y la espiral se hacía por momentos más y más grande. Debía hallar su sitio, su razón de existir, lo que fuera que le alejase del pensamiento de morderse las muñecas y con deshonor dejar este mundo.

Sin embargo, no esta una historia triste. Es quizás, y en el mejor de los casos, una sabia lección que le daba su vida, o su muerte, según se mire.


De este modo, poco a poco la distancia entre él y todo lo que conocía aumentó hasta hacerse insalvable. Decidió adentrarse en las solitarias montañas, en lugares raramente visitados por alguien. Buscó una gruta para guarecerse por el día, y un lago para llorar por las noches. Necesitaba meditar y tomar fuerzas, así que decidió encerrarse en sí mismo. Necesitaba conocerse bien antes de intentar comprender lo ajeno. No se juzgó en vida, y no lo había hecho tras su muerte, y quizás fuera eso lo que le impedía hallar su sino.

Pasaron años. Su tristeza afilaba la daga que punzaba su cordura y apenas recordaba el sonido de su voz. Desde hacía ya tiempo, había dejado de pronunciar palabra. Ni tan sólo para sí mismo, más allá de en sus pensamientos, gozaba emitir sonido alguno. Los ruidos propios del bosque callaban en su presencia y el sonido del viento agitando las ramas era poco más de lo que alcanzaba a escuchar.

Sin embargo, una noche, algo cambió. Despertó en él una voz de alarma cuando el desgarrado grito de una joven surgió de lo más profundo del bosque. Le flojeaban las piernas, un perpetuo escalofrío tensaba sus hombros. Sentía los cabellos de su cuerpo aferrándose al interior de su harapienta ropa. Los brazos le pesaban y la garganta reseca emitió, el que desde hacía muchos años, fue su primer sonido:

- Ggggggggggggnooooooooooo!

Por primera vez desde que murió, percibió un sentimiento que ni tan siquiera había echado de menos. Volvió a sentir miedo.
Paradójicamente, aquello debía ser al revés. Sin duda, tantos años de soledad habían trastocado su existencia. Aquello que antaño hubiera sido un regalo, hoy era uno de sus mayores temores.

Decidió abandonar la roca a la que se había subido, para ocultarse tras un enorme roble centenario. Sin embargo, algo en su interior renacía. De nuevo se sentía, en cierto modo, y acorde a su condición, vivo. Lentamente consiguió recuperar el control sobre su cuerpo, y al oír de nuevo la voz, creyó incluso, esbozar una sonrisa.

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