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Si quieres leer la historia desde el principio, haz click en el siguiente enlace:
- Zohn, el heredero de La Tierra (1ª Parte).
- Zohn, el heredero de La Tierra (2ª Parte).
- Zohn, el heredero de La Tierra (3ª Parte).


Hacía ya mucho tiempo que ansiaba una oportunidad. Sin embargo, no le quedaba otra opción que armarse de paciencia y seguir desempeñando su labor. Aunque no era hombre de caprichos –por qué era ya casi un hombre-, tampoco podía permitirse grandes lujos. Comía caliente todos los días y no pasaba frío. Con esa austeridad, de vida sosegada y suficiente, había sumado una pequeña cantidad de “Posibles”.

Así era como se llamaba al dinero de La Era Futura. En realidad, los Posibles, no existían como moneda, ya que se sumaban a la cuenta personal de cada habitante, controlada por el Gran Banco Mundial. Cualquier transacción, ya fuera una compra, el salario cobrado por un obrero o una donación, se realizaba desde un sistema informático universal. Ésta fue una medida adoptada poco después de La Erupción, para prevenir las economías sumergidas que pudieran enriquecer a unos pocos, a cambio de hundir aún más, si cabía, a los más desfavorecidos. Lejos de ser una solución comunista, aunque a primera vista, así pudiera parecer, cada uno con sus Posibles, podía adquirir lo que quisiera. De este modo, Zohn, nuestro amigo, había acumulado ya casi lo suficiente para comprar su primera armadura. Eso y, claro está, que el trabajar a diario manipulando y reparando las piezas de los guerreros, le había proporcionado multitud de ganchos, púas, cuchillas y un sinfín de trozos de metal que, a bien seguro, le ayudarían a completar su coraza.

Si algo tiene la raza humana, es una capacidad de adaptación para solventar cualquier contratiempo, que ninguna otra especie ha desarrollado. Por ello y también por que la avaricia, al igual que la crueldad, son componentes intrínsecos de los hombres, no pasó demasiado tiempo, desde que se empezó a comerciar con Posibles, para que se recurriera a un sistema sumergido ancestral: El trueque.

Todo aquel que poseía algo, podía cambiarlo por cualquier otra cosa, evitando así los impasibles impuestos del Gran Banco Mundial. Como las conciencias de cada uno, por lo normal, se veían cegadas por el hambre y las enfermedades, se había convertido en algo más que habitual el deshacerse de lo que ya no era útil. Siempre se podía intercambiar un viejo mueble, por algo que llevarse a la boca.

A pesar de ello, estos cambios tenían dos inconvenientes:

El primero, es lo que en La Era Futura se llama un Delito Sustancioso. No recibe ese nombre por la cuantía de los bienes evadidos, si no por que los impuestos que deberían pagarse por esas compras, son para el sustento de la raza humana. Según la ley, atentar contra el sustento, es atentar contra la vida. Por eso, su castigo es la ejecución.

Aunque a Uds., quizás les cueste asumir que el correr estos riesgos pudiera valer la pena, deben de tener en cuenta que el concepto de la vida en los últimos años, se ha devaluado bastante. Muchos prefieren perder la vida si a cambio han legado alimentos o medicinas a sus familiares. Así que la muerte, desde un punto de vista subjetivo, es un mal menor.

El segundo inconveniente, no es ni mejor ni peor. Simplemente es una auténtica lotería. La mayor parte del mercado negro, se trapichea en La Superficie.

Tras la erupción y la desaparición de las ciudades, de los bosques y en muchos casos de toda forma de vida, grandes extensiones semidesérticas, de dura roca arrugada con grandes sombras perpetuas, de grandes grietas incandescentes, trampas mortales para los profanos del terreno, albergue de bandidos, mutantes y ancianos y cuna de innombrables enfermedades, se habían convertido en una existencia fuera de la ley, en la que uno podía acabar siendo el plato, para humanos y animales, que les ayudara a pasar unos cuantos días bien alimentados.

Como ya les comenté anteriormente, queridos lectores, el comerse a un igual no es motivo de rubor y mucho menos de culpa. Es simplemente cuestión de supervivencia. Sin embargo, el hecho de que no esperen a que su alimento expire, antes de hincarle el diente, a mi sí que me intranquiliza bastante.

Pero éstos, no iban a ser motivos para que un joven valiente, aspirante a guerrero de Ironball, dejase de perseguir su sueño. No podía ceder ante los peligros de lo desconocido, la incertidumbre de un destino caprichoso, o al antojo de algún mecenas que se encaprichara de él. Tenía la fuerza, había reunido el valor y la decisión, su mente perseguía un único objetivo y su corazón… Su corazón ya no sentía.

Continuación en:
- Zohn, el heredero de La Tierra (5ª Parte).




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