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A pesar de mi experiencia en el estudio de nuevas especies, no dejaba de asustarme el agudo chillido que emitían los Chillab que sobrevolaban mi cabeza. Era la primera vez que me había aventurado a estudiarlos de noche, y aunque creía tener un buen refugio, no dejaba de sentir una intranquila aversión cada vez que veía pasar a uno cerca.
Los Chillab son unos seres voladores, con una envergadura de casi treinta metros de largo, amorfos casi en su totalidad y con una enorme mandíbula que utilizan absolutamente para todo. De hecho, se alimentan básicamente de Arteeghs y de Crifous, dos variedades de plantas autóctonas, parecidas a los árboles, pero formadas por una sustancia gelatinosa, y recubiertas por una membrana que les da una apariencia de gotas de agua mecidas por el viento. Cuando esas membranas revientan, el membrillo gelatinoso cae al suelo, formando mocosos pantanos, impracticables en la mayoría de los casos. El gran moco en el que se convierte el suelo de los bosques de Arteeghs, además posee vida propia. Trata de envolver cualquier cuerpo que en él se adentra, para inmovilizarlo primero, y absorber sus proteínas después. Así, se cierra el ciclo recíproco de alimentación entre los Arteeghs y los Chillab.
Pero…volviendo a los Chillab…Carecen de extremidades: ni patas, ni garras, ni nada que se le asemeje. De hecho por no tener, no tienen ni alas, ni ningún otro tipo de elemento de sustentación tal y como en La Tierra se conocen. Poseen la característica de volar, o mejor dicho, de flotar en la atmósfera del planeta Krittoon 23. De hecho, en realidad se trata tan sólo de una cuestión de densidades. La atmósfera de este planeta, unos de los 282 del sistema planetario KB-3987F, o lo que es lo mismo, el único sistema solar de cuatro estrellas que se conoce hasta el momento, tiene una densidad aproximadamente cuatro veces superior a la que soporte el cuerpo humano. Para aprovechar esta situación, los Chillab han evolucionado desarrollando la capacidad de expandir sus cuerpos hasta reducir su densidad de tal forma que les permite desplazarse sin tocar el suelo. Cuando estos extraños seres reposan, disminuyen su tamaño a una décima parte, y se cobijan en agujeros en las paredes rocosas de las montañas.
No son seres especialmente agresivos, pero su tamaño cuando se hallan en movimiento es tal, que con pequeño golpe, o rozadura contra una ladera, pueden cambiar por completo el aspecto de una montaña. Así pues, el trabajo de estudiarlos entrañaba cierto riesgo.

Yo estaba ya acostumbrado a verme inmerso en estas situaciones, ya que mi condición de explorador me había llevado a ellas en incontables ocasiones. De hecho, gozaba ya de cierta popularidad entre algunas personalidades del gremio por haber sobrevivido a grandes peligros, como los que corrí para capturar un ejemplar vivo de Thelfogh. – Un gusano subterráneo devorador de magma, que alcanzaba los 120 metros de largo, y que provocaba graves terremotos en la superficie de Liingsaloth 25, un planeta vecino del mismo sistema solar que Kritton 23.- También documenté el ocaso del planeta Aartax 05, cuando la capa de hielo que lo recubría se fundió a causa de una reacción volcánica masiva provocada por el impacto de un gran meteorito. En aquella ocasión, logré escapar de la onda expansiva del planeta tan sólo unos minutos antes de que la capa de hielo cediera, y el planeta explotase como un higo maduro.

Esta reputación fue la causante de que la Confederación Científica Interplanetaria me encargara el estudio de la biosfera del planeta en el que me hallaba ahora. De hecho, se tomó una decisión repentina, que a mi me cogió por sorpresa cuando estaba a punto de partir hacia la galaxia X-Gramm,- un conjunto planetario habilitado por completo como sistema interestelar de ocio y entretenimiento.- En resumidas cuentas, estaba a punto de irme de vacaciones. Me comunicaron que debía partir de inmediato, y encontré un hangar repleto del material necesario para la expedición, cuidadosamente seleccionado, empaquetado y listo para ser embarcado a bordo del transbordador. Era evidente que llevaban tiempo preparando esta expedición, y que lo habían hecho en el más estricto de los secretos. Reunir y catalogar todo ese material les podía haber llevado meses, quizás años, y eso sin contar con la financiación necesaria para el viaje. Saltaba a la vista que en este planeta buscaban algo más que el estudio de la biodiversidad. Sin embargo, las premisas eran claras: Estudiar la morfología y comportamiento de todos los seres vivos que se hallasen sobre y bajo la superficie rocosa, reportar todos y cada uno de los descubrimientos que se hicieran, y catalogar los diferentes minerales y materias susceptibles de ser explotados para beneficio de la Confederación. Existían dos últimas directrices. La primera: No hacer preguntas. La Segunda: Tratar de volver con vida. Por supuesto, estas dos no eran cosa de la Confederación, si no que me las imponía yo por motivos obvios.

Continuaba con mis anotaciones acerca de los Chillab. Ahora podía ver a uno comiendo a unos escasos cincuenta metros. Tenía un cuerpo semitransparente que filtraba la luz violácea de unos de los cuatro soles. Algunas manchas anaranjadas le confundían con las vulvas de los Arteeghs, y permitían diferenciarle de los otros seres de su especie. Era como si una ameba gigante se hubiera escapado de un microscopio y se hubiera colado en mis sueños. Cambiaba de forma para deslizarse entre los salientes de piedra y los valles. Parecía una burbuja de aire encerrada en un tubo de agua, como aquellos viejos niveles que empleaban antiguamente los artesanos. No tenían ojos, así que no temía que me vieran. Además, ya había tenido la desagradable oportunidad de estar en contacto con una de estas masas amorfas, y no me había prestado la más mínima atención, así que el hecho de saber que yo no les atraía, me tranquilizaba bastante. Sin embargo el roce con aquel ejemplar fue digno de ser olvidado. Me dejó completamente empapado de un asqueroso moco azulado, que además de resultar pegajoso en extremo, rezumaba un olor parecido al de un excremento de Muhoo. Para colmo, los catorce porteadores que me acompañaban aquel día, lo vieron todo en primer plano, y fui el hazmerreír de la expedición durante al menos tres semanas. Poco a poco el tema dejó de ser novedad, y yo puede de nuevo volver a concentrarme en mis tareas.

El tiempo en Kritton no podía medirse por los amaneceres y ocasos, como haríamos en La Tierra. Es preciso llevar un pequeño ubicador temporal para no perder la noción de los días y las noches. Allí los ciclos son totalmente diferentes. Para empezar, siempre hay alguno de los cuatro soles iluminando el cielo. El más grande de ellos, A-Astar, emitía una luz amarillenta, tornándose verdosa en su salida y su ocaso. El segundo en tamaño, B-Astar, producía una luz de un azul intenso, aunque en algunas ocasiones, unas reacciones en su núcleo le otorgaban un color marrón que desaparecía al poco y volvía a dejar paso al azul. Probablemente se debía a la mezcla del azul natural de la estrella, con grandes explosiones de gas Hiliánitico, de conocido color rojo. Por último, nos encontramos a C-Astar y C-Bstar, dos estrellas gemelas que giran en torno a si mismas y que cuando iluminan el cielo del Kritton, provocan un continuo efecto centelleante. A diferencia de otras formaciones planetarias, los soles de este sistema se hallan en puntos separados, y los planetas que orbitan a su alrededor cambian de estrella central de forma aleatoria, lo que hace imposible establecer calendarios en ninguno de ellos.

Había comprobado que cuando las estrellas gemelas emitían su constante parpadeo luminiscente, los Chillab se escondían. Al parecer no les agradaba esta luz, aunque no parecía, al menos a simple vista, causarles ningún trastorno grave. En realidad, ni a mí, ni al resto de miembros del equipo, tampoco nos agradaba, ya que nos obligaba a activar el cristal ahumado reflector de nuestras máscaras, con lo que perdíamos en gran parte la noción de los colores de nuestro entorno. Aún así, ya nos habíamos adaptado a nuestros trajes térmicos de presión. La verdad es que el material que nos habían proporcionado era de altísima calidad, y de la más novedosa de las tecnologías. Por fin habíamos dado con unos trajes protectores que nos permitían movernos con soltura. Los llevábamos ceñidos al cuerpo, y su elasticidad nos hacía sentir realmente cómodos. Se habían tejido en fibra de Zaark, uno de los materiales más resistentes del universo, y estaban dotados de sistemas biomédicos de recuperación, una herramienta indispensable en las inhóspitas atmósferas de algunos planetas. La parte más extraña del equipo, era probablemente, la máscara. Esta máscara, te cubre el rostro por completo. De la parte inferior salen unos finos tubos que se conectan a los nano-depósitos de oxígeno implosionado que llevamos tras nuestro hombro derecho. Hacia el lado izquierdo, se dirigen los tubos de manutención, por los que circulan los hidratos proteínicos que almacenamos en los nano-depósitos tras el hombro izquierdo. A la altura de los ojos, un amplio cristal que nos proporciona una visión de 180º. A éste se pueden adaptar diferentes filtros para evitar daños causados por la luz de los diferentes soles. Además, un cable que discurre bajo nuestra barbilla, conecta la máscara a la unidad central de procesamiento, una pequeña placa de apenas unos milímetros de grosor situada sobre nuestro pecho. Esta unidad es la encargada de que todo el equipo funcione, y almacena los datos obtenidos de nuestra visión directa. Ella nos muestra en el visor la información relativa a todos los elementos presentes en nuestro campo de visión. Sin duda alguna, la Confederación se había superado, y al fin nos había proporcionado material de primera mano. No por eso, dejaba de intrigarme por que habían invertido tantos créditos en esta misión. Hasta el momento no habían sido demasiado generosos, incluso en algunas ocasiones había financiado yo mismo parte del equipo. Pero esta vez era diferente.

Continuará…


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