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Albergaba la esperanza de esclarecer el asunto y despejar algunas dudas en mi encuentro con Emily. Al bajar del avión me dio una dirección y me dijo el momento exacto en el que tenía que acudir a ella. De hecho, me indicó que debía estar allí a la hora precisa. Ni un minuto antes, ni un minuto después. –Aun a pesar de llevar ya varios meses en Malasia, no terminaba de acostumbrarme a ciertas manías de sus gentes, como era por ejemplo, la cuestión de la puntualidad-.
-¡Psssst! ¡Psssst!
Volví mi mirada hacia la portezuela que conducía a la trastienda. De ella, asomaba temerosa la cabeza del anciano, que al verme esbozó una amigable sonrisa y me indicó con la mano que le siguiera. No tenía muchas opciones. Por un lado, las sirenas de la policía sonaban cada vez más cercanas. Por otro, desconocía si el francotirador aguardaba paciente a que yo me dignara a salir de nuevo a la calle para dispararme a mí también. Sin soltar el arma, me aventuré en el oscuro almacén trasero. El hombre, con sumisas reverencias, me señaló una gran caja de madera, para a continuación, volverse hacia una destartalada furgoneta. Sin duda, me estaba proponiendo una vía de escape. Sin embargo, el hecho de dejarme encerrar no terminaba de convencerme. En un arrojo de decisión, el hombre que ya había cargado la caja en la parte trasera del vehículo, estiró de la manga de mi camisa para conducirme al interior del cajón. Frené mi entrada colocando las manos en el borde de madera y dirigiendo una amenazadora mirada a mi improvisado cómplice. Sin embargo, éste sonrió y me empujó amablemente hacia el interior. Me encerró colocando una gran tabla de madera y tapó todo con una lona.

¡No podía creerlo! Me había llevado a una localidad en las afueras de la ciudad. Ahora debería darme auténtica prisa si quería llegar a tiempo. Empecé a sudar, en parte por lo inoportuno del emplazamiento, en parte por que el sol empezaba ya a clavar sus dardos en mi piel.
Aquel hombre no dejaba de sonreír, lo que estaba empezando a resultarme notoriamente irritante. Sin embargo todo cambió en un instante. Mi irritación se trastornó en ansiedad al oír de nuevo sus palabras:
- Emily, señor. Por aquí. –Y el anciano caminó con garbo hacia una casa de madera que se encontraba junto a la playa a unos doscientos metros del camino-.
- ¡Espere! ¿Quién es usted? ¿Qué sabe de Emily? –Le pregunté mientras le alcanzaba con dos grandes zancadas-.
A cada paso que daba, con cada cosa que ocurría a mí alrededor, sentía que era por momentos, más y más vulnerable. Desconocía todo cuanto me rodeaba -y aunque yo no me defino como una persona metódica, sí es cierto que me gusta mantener el control de la situación-. Sólo esperaba encontrar a Emily de una vez y que ella me aclarase todo lo sucedido desde mi visita al templo de Borobudur. ¿Qué tenía que ver yo en todo aquello?
Continuará…
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Etiquetas: cartas a Suzanne
5 Comments:
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Saludos!
Eres genial describiendo chico, ojala se me pegue algo de ti ^_^
Un abrazo
A ver si Emily nos despeja las dudas de una vez, que nos tiene a todos en ascúas! jejeje
clementine, voy! :)
darken, me vas a hacer salir los colores XD