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Leer la historia desde el principio.

Desperté al alba en la mullida cama de mi habitación del hotel Dorsett Regency.
Eché un vistazo rápido por la ventana. La planta 23 me proporcionaba ciertas vistas agradables, aunque en sí, tampoco había mucho que ver. El día amanecía algo plomizo, y una ligera bruma envolvía las torres Petronas. El clima allí es altamente variable, y normalmente se pasa de la bruma al sol durante la mañana, de éste a la lluvia durante el mediodía, llueve por la tarde, y aunque cese, no escampa hasta la mañana siguiente. Y a pesar de todo, aunque parezca previsible, el tiempo era siempre impredecible.

Tras darme una ducha y vestirme, cogí mis cosas y salí del edificio. Decidí evitar el tráfico mañanero y me puse a caminar calle abajo. Tardé poco más de diez minutos en llegar a la estación de trenes de la Plaza Rakyat. Fui directo a la zona de taquillas, saqué mi llave y abrí el pequeño armario metálico. Allí guardaba de forma más o menos segura, una pequeña mochila que contenía documentos, algo de dinero y un pequeño disco compacto. Cogí lo que precisaba y me aseguré de cerrar bien antes de irme.

La noche anterior había tomado del mostrador del hotel, un pequeño plano del templo Borubudur. Estuve ojeando el folleto y aprendí algunas cosas que me podían ser útiles sobre el lugar. Para empezar, averigüé como llegar hasta allí.

Creí que si quizás tenía suerte, el punto de encuentro no estaría muy lejos de mi hotel. Sin duda me equivocaba. No sólo no estaba en la ciudad, ni siquiera estaba en el país. Me resultó muy extraño todo aquello, y algo me decía que ésta iba a ser una excursión de lo más entretenida. Tardé más de una hora y media en llegar al Kuala Lumpur Internacional Airport, situado a casi 80 Km. del centro de la ciudad. Allí compré un billete para Indonesia y al fin, a eso de las ocho conseguí embarcar rumbo a mi destino: La Isla de Java. No me hacía gracia salir de la región, ya que el tiempo que había estado allí me había hecho ganar cierto control sobre la zona. Aún así, las directrices eran bien claras.

Aproveché el viaje para repasar mis pensamientos. Por fin iba a entregar los dichosos informes y así podría regresar a casa. Tenía ganas de desentenderme de todo aquel asunto durante una temporada, pero como siempre, debía ser precavido en todos mis pasos. Al fin, tras un tren, un avión, un taxi y un autobús (por llamarlo de alguna forma), me plante en el parque que rodeaba el gran templo budista.

En mi papel de turista, me dediqué a sacar fotografías de todo aquello que me parecía interesante. Por supuesto, en mi caso no se trataba de retratar ni las piedras, ni las estatuas. Me encargué de fotografiar en diversas ocasiones todas las entradas y salidas del templo. Vigilé los movimientos de todas las personas que aparecían más de una vez en las primeras fotos. Busqué la posible ubicación de cámaras de seguridad, puestos de vigilancia, teléfonos públicos, etc.

Tenía cierta gracia, que para encontrase con alguien, no te dieran más información que un enclave turístico por el que pasan cientos de visitantes cada día. Obviamente, por motivos de seguridad, no era prudente facilitar más datos, y menos por teléfono y en un país extranjero. De este modo, los que nos dedicábamos a este tipo de trabajo, habíamos aprendido a diferenciar a unas personas de otras, y teníamos casi como un sexto sentido para reconocernos entre nosotros. En cierto modo, era como un juego, un pasatiempo que, además de mantenerte entretenido durante unas horas, te garantizaba algo de seguridad. No era frecuente tener que realizar contacto con enlaces que no fueran conocidos. De todos modos, alguna vez tenía que ser la primera.

Decidí sentarme en un rincón, para revisar las últimas fotografías. Tenía identificados a varios hombres, probablemente de la seguridad del mismo templo, que permanecían junto a las tiendas y tenderetes repartidos por el exterior del templo. No había cámaras de seguridad. Una decena de hombres uniformados custodiaban las puertas principales, pero ni por la más remota de las casualidades conseguí identificar a mi enlace. Emily, ¿eso es un nombre de mujer no? ¡Pues vamos buenos!

A excepción de las turistas europeas o americanas, y de las mujeres de religión hindú, todas las mujeres de origen musulmán llevaban el hijab cubriéndoles la cabeza, y en ocasiones también parte del rostro. No es que fuera a reconocerla, ya que no sabía como era, pero sin duda, sus vestimentas no me ayudaban en lo más mínimo. Estaba empezando a impacientarme cuando el reflejo del sol, en el cristal del objetivo de una cámara fotográfica, empezó a incordiarme. Alcé la mano para tratar de vislumbrar de donde procedía. Pude ver, a unos cincuenta metros, a una chica vestida con una blusa negra. Me estaba haciendo fotos. Lejos de alimentar mi vanidad, me incomodó la sensación de haber sido observado por alguien sin haberme dado cuenta de ello.

Deduje que se trataba de Emily, pero debía asegurarme para no dar ningún paso en falso. Ella se giró y empezó a caminar en dirección opuesta a mí. Avancé tras de ella a una distancia prudencial, y poco a poco nos fuimos alejando del bullicio, para perdernos en la arboleda. Tras pasar unos arbustos, el caminó se hizo más pedregoso, y la vegetación más densa. Ella no bajó el ritmo, es más, casi diría que poco a poco caminaba cada vez más rápido. Empezaba a preguntarme hasta dónde me haría caminar. De repente, escuché pasos tras de mí. Un sudor frío me recorrió la espalda. Algo no marchaba bien, lo sabía. Hubiera sido una enorme casualidad que algún otro turista se aventurase exactamente por el mismo apartado rincón en el que nos encontrábamos nosotros. Me aparté del camino y me oculté tras una saliente del terreno. Dos hombres adelantaron mi posición, y fue entonces cuando vi que empuñaban un arma cada uno. Estuve tentado de salir de mi escondite y volver por dónde había venido, pero probablemente alguien más vigilase el camino. Poco después, volvieron con la mujer. Le habían colocado unas esposas, y sangraba por la nariz y por la boca. Quise hacer algo, pero no podía desvelar mi identidad. Eso hubiera sido un problema muy grave ya que había entrado en el país con pasaporte falso. Me asomé ligeramente en el mismo momento que ella volvía la cabeza. Pude ver sus ojos, de un color verde claro, clavados sólo por un instante en mí. Miró hacia otro lado y gritó:

- ¡Hantu! ¡Hantu!

Continuará…

Leer el siguiente capítulo.


3 Comments:

  1. Vitalweb said...
    A mi me vais a matar, eh???

    Esta incertidumbre siempre no puede ser buena........

    Venga Alex, que no decaiga!!!

    Ciaooooo
    +SUSANA said...
    Me has transportado al templo de Borubudur, que aventura más excitante, llena de obstáculos y suspense. Que forma más descriptiva de contar tu viaje y tus impresiones sobre el lugar y sus habitantes, ¡Ha sido genial, Alex! Y ahora, ¿que pasa con Emily? Date prisa en seguir, que me como hasta las uñas de los pies. Besosss
    Alex said...
    Gracias, como siempre, por pasaros por aquí.

    Vosotros os engancháis a leer...y yo a escribir...tengo tantas cosas que contaros...(echando leña al fuego, jejeje).

    Que conste que soy autocrítico, y reconozco que esta segunda parte es mejorable. La escribí sin mucho tiempo (solo he dormido 3 horas), y me moría de ganas por subirla. No deseaba romper el ritmo.

    Pronto más. :D

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